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Redacción Guayaquil
Ellos estaban tranquilos. Desde que tenían cinco años han estudiado en el centro educativo, por lo que no les preocupa la secundaria. “Nos dijeron que es difícil, pero ya conocemos el lugar y a los profesores. Así que creo que todo será igual”, comenta Alvarado. En cambio, para Barahona, la única incertidumbre es que lo separen de sus dos mejores amigos. “Hay cuatro paralelos, así que nos da miedo que nos separen. Si eso ocurre solo podremos jugar y conversar en el recreo”. Detrás de los adolescentes estaba Germán Lovato, quien miraba sin pestañear y escuchaba el discurso de la rectora, Patricia Ayala, tampoco flexionaba las piernas. Estaba pálido y, según asegura, su corazón palpitaba con fuerza. “Tengo miedo. Estoy solo en un sitio desconocido. La mayoría de mis amigos se quedó en el Teniente Hugo Ortiz, donde estudié desde primer año. También me dan temor las materias porque dicen que veré más de 10. Espero que todo salga bien y tener amigos”. El año escolar también se inauguró en los demás establecimientos particulares y fiscales del Litoral. Según datos de la Dirección de Educación de Guayas, a finales del 2006, cerca de 49 700 estudiantes de Guayaquil finalizaron la primaria y debían comenzar el octavo año de educación básica. El colegio fiscal José Pino Icaza, al norte de la ciudad, recibió a 320 alumnos quienes fueron distribuidos en ocho paralelos. A ese plantel, los chicos llegaron de escuelas diferentes por lo que el panorama era desconocido. “Cuando entré al colegio sentí hormigas en el estómago y hasta me dio náuseas. Creo que es el susto. En octavo año, las materias son difíciles y tendremos ocho profesores. Antes tenía solo uno”, dice Ginger Valenzuela, quien estudió en la escuela Víctor Murillo, en el cantón Durán. En la ceremonia de bienvenida, estaba Helen Ruiz. La pequeña, quien llegó de la escuela fiscal Abdón Calderón (en Durán), bostezaba continuamente, movía sus pies y miraba cada rincón. Su nerviosismo era evidente. “Tengo sueño porque pasé pensando en cómo será mi vida en el colegio. Ahora soy grande y tengo más responsabilidades”. Después de la sesión solemne, en otros colegios como el Ecomundo, los estudiantes tuvieron su día de adaptación. Los 119 alumnos de octavo se repartieron en cuatro paralelos. Sus dirigentes hicieron una integración y cada menor pronunció su nombre. “Vine con desconfianza, pero estoy calmada. Las compañeras se ven buena gente. Aunque aún falta por conocer a los profesores”, comentó Joseline Gavilánez. Cambios de etapa La rectora del colegioJosé Pino Icaza, Rosa Egas, sostuvo que todos los años los menores llegan atemorizados. Pero recalca que es un comportamiento normal y en menos de un mes ya se acostumbran. En el colegio JoséPino Icaza, durante la ceremonia se presentó el grupo folclórico Espíritu Andino. La música relajó a los menores nerviosos. Según pedagogos,el tiempo de adaptación de un menor que ingresa a un nuevo plantel es de alrededor de un mes. |
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