Byron Rodríguez V. Editor de Siete Días
El almuerzo transcurrió lento y pesado. Concluido el café, pasamos al hall y encendimos sendos cigarrillos.
Enrique Castello rompió el silencio embarazoso:
-¡Por Dios, algún indicio siquiera! Me encogí de hombros.
-Usted sabe, señor Castello, como quiero yo a su hermano. Su desgracia me atormenta. Pero yo creo que no hay otra explicación que la frase convencional: la locura del trópico”.
Con esta escritura enigmática y sobria empieza la novela ‘El Destino’, del escritor ausente
Pedro Jorge Vera.
Hoja de Vida
Pedro Jorge Vera
El autor. Pedro Jorge Vera, escritor y político, nació en Guayaquil en 1914 y falleció en Quito en 1 999.
Premios y obras. En 1970 obtuvo la Bienal de Novela y en 1992 el premio Eugenio Espejo. Sus obras más reconocidas:’ Los animales puros’ (novela, 1941), ‘Tiempo de muñecos’ (1971), ‘La semilla estéril’.
Un guión inicial. La escritora Eugenia Viteri, esposa del narrador, dice que a principios de los cincuenta, Vera escribió un guión para radioteatro de ‘El Destino’. Doña Eugenia hizo el papel de Berta. La obra salió al aire en Radio Victoria de Quito. Participaron: Gonzalo Proaño y Álvaro San Félix en el papel de novio desplazado, el amigo de Fernando.
Desde las líneas iniciales el ritmo no decae; al contrario, el drama se acrecienta conforme va develándose una trama cruel, de misterio y soledad en el trópico de cercano a Balzar, Guayas.
El lector, una vez que entró al universo de vértigo de la novela breve, (apenas tiene 104 páginas) ya no puede salir de este.
La ficción es precursora del género policial en Ecuador. Fue editada en 1979, por Índica, cuando aquí había pocas noticias del género negro que ahora sigue firme en Iberoamérica.
El Conejo hizo la segunda edición en 1984, la misma editorial la reeditó en 1994 y el 2002. Ahora, Eskeletra ha tenido el acierto de poner en circulación otra edición con una magnífico estudio de Fabiola Dias Guevara.
Recuerdo que la leí en 1984; la devoré en un santiamén. Ahora sigue fresca y viva, como si recién hubiese sido escrita.
¿Cuáles son los resortes ocultos que movió don Pedro Jorge para crear esta obra magistral? Primero, el uso de indicios. Él, al igual que Hemingway, optó por la técnica del iceberg: mostrar la punta luminosa de la montaña de hielo y ocultar el cuerpo bajo las olas del enigma. Segundo: el uso de un lenguaje conciso, coloquial, lleno de ricos giros montubios. Tercero: el manejo de símbolos sobre la mujer, el amor y la carne…
Cuarto: una trama policial bien armada y un tema que seduce al lector más impávido.
Con todos estos ingredientes, el escritor sazonó una novela intensa, en la cual la polisemia (pluralidad de significados) es el faro que alumbra los vericuetos gozosos y oscuros de la condición humana: la sexualidad, la antropofagia, una venganza insólita.
Fernando Castello, un argentino, decide venir a pasar unos días en la Costa. Para eso le escribe a su amigo (el narrador en primera persona). Los dos estudiaban leyes en la Universidad de Buenos Aires. Fernando se retiró, dice el narrador, para atender mejor a las innumerables mujeres que lo amaban, “yo para volver a mi patria, a la vida parasitaria, cómoda y despreocupada de rentista de segundo orden”.
En una carta, Fernando le escribe al amigo guayaquileño que “quiere penetrar en regiones salvajes donde el amor es violento, infernal, primitivo; donde los hombres son elementales como en el sexto día de la Creación”.
“¡Ah, pequeño fauno tropical, cómo sueño en el amor bajo los mosquiteros o sobre las hamacas sensuales!”, exclama en otro pasaje. Viene Fernando y pronto se contagia de la calidez de la ciudad, de su gente. Y parte al Destino, la hacienda de Reinaldo Gavica, tío del amigo .
Este se quedó en Guayaquil. En 15 días iría a buscar al argentino. Una mañana soleada, Fernando remontó el río Daule. Se contagió del exuberante paisaje. Al bajar de la canoa, en la hacienda encontró personajes hoscos y extraños: Débora, madura y solitaria, amante de Reinaldo, Martín, el irónico cocinero.
Se enamoró de Berta, la bella y joven mujer de Gavica y ex novia del personaje-narrador, quien nunca dejó de amarla. Siguiendo una vieja tradición costeña y serrana, a Berta la obligaron a casarse para que se arrimara a un buen ‘árbol’, Gavica, viejo y poderoso.
La maestría de Vera se evidencia cuando el amigo de Fernando llega a investigar qué pasó con éste y desata en sus criaturas dudas, miedos, silencios, evocaciones.
Es una tormenta tropical que huele a madreselvas, (la planta crece en la ventana de Berta), a flores, a carne de tierna venada.
El final es sorpresivo y contundente. Envuelto en el embrujo de una madreselva en una ventana...