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Edwin Alcarás. Redactor
Pero su rasgo físico -así como espiritual- preponderante fue, ante todo, su mutismo. En las memorias en las que se grabó su imagen, la parquedad lingüística de Jácome es el sello común; eso y el reconocimiento de su extraordinario talento, cultivado con sus propias manos, fuera de cualquier influencia académica, con más intuición que pénsum. Hay que imaginar a ese adolescente que fue Jácome a partir del recuerdo dos de sus tres compañeros de caballería (junto a José Unda, Washington Iza y Nelson Román, ‘Rájac’ -así firmaba sus cuadros- formó el grupo de los Cuatro Mosqueteros, respuesta rebelde a la academia en 1969). Siempre delgado, con un dejo de burla pintado en la comisura de los labios, andaba siempre por la Casa de la Cultura y era ‘yerba mala’ de las galerías quiteñas que atendían en Quito a mediados de los años sesenta. Lo acompañaba a veces su amigo Washington Iza: ambos raspaban los 16 años. Miraban todo, leían mucho, hablaban menos. Y así, en una de las reuniones que se suscitaban espontáneamente luego de las clases en la Escuela de Bellas Artes de Quito, a las que ya asistía Iza, coincidieron Miguel Varea, Unda, y Román. Los púberes ilustrados le pedían cuentas, entre bebidas y sustancias espirituosas, a los ‘clásicos’, a los ‘maestros’ y a los ‘consagrados’ de la plástica ecuatoriana. Estaban hambrientos de vida, enojados y hambrientos. Unda tiene este recuerdo: “Teníamos un sueño. Un gran sueño donde los haya: queríamos ser artistas, explorar y explotar el mundo por adentro y por afuera”. Iza, quien vive en México desde hace 10 años, este otro: “La inercia nos desesperaba. Éramos contestatarios y buscábamos como locos algo para renovar el arte. Era como si todo estuviese empezando con nosotros. Jácome se unió a nosotros precisamente por ese espíritu de protesta, la contracultura”. Varea: “El parricidio era nuestra bandera. Todos estábamos en esa onda de buscar cauces, pistas, de destruir y crear sobre las ruinas. La primera exposición de Jácome fue una colectiva en Guayaquil y fue una de las primeras que se fue en contra de todo. Los colores, las formas y las temáticas. Jácome, particularmente, dejó ver desde ahí un trazo fuerte y decidido en el dibujo, además, de su sarcasmo”. Es conocido, por lo demás, el episodio del burro pintado de naranja que los bravíos mosqueteros hicieron desfilar afuera del Salón de Julio de Guayaquil de 1969. No se sabe bien a quién se le ocurrió la sabrosa idea pero, en todo caso, el gesto congenia bien con el carácter sarcástico del quiteño “oriental, callado y medio siniestro”, como lo recuerda Varea. Tales avatares le ganaron temprano un lugar en la plástica nacional. Los mosqueteros traviesos devinieron en hombres y su obra, poco a poco -así es la dialéctica de las rupturas- se empezó a vender bien y a ocupar a la academia. Pronto serían los padres de los que los nuevos jóvenes tendrían que desembarazarse como ellos, en su tiempo, habían roto (a mordiscos) el cordón umbilical con Guayasamín, Kingman, Paredes... Pero la historia de ese gran silencio ilustrado que fue Ramiro Jácome tiene una segunda parte, más bien un fondo, un revés. En el ámbito familiar su silencio fue calor, vida y alegría. Marcia Balladares, quien compartió los 20 últimos años de la vida del pintor, lo recuerda como un hombre animado y conversón, si bien admite que cuando cruzaba el umbral de la puerta hacia afuera era otro. “Siempre encontraba la forma de hacerme reír. Le gustaba la buena comida y, como era un vanidoso, le gustaba lo que él mismo cocinaba. Aunque, es verdad, su pescado al vapor es el mejor que he comido en mi vida. Supo vivir con intensidad”. Punto de vista |
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