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Quito - Ecuador | 20 de noviembre del 2009 | 21H15 (GMT-5)
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Ramiro Jácome callaba para pintar cuadros que gritaran
May 1, 2007 El pintor quiteño es uno de los grandes artistas del siglo XX . Su obra y su figura, a seis años de su muerte, han sido recordadas con una retrospectiva en la CCE. Siempre delgado, con un dejo de burla pintado en la comisura de los labios, andaba siempre por la Casa de la Cultura y era ‘yerba mala’ de las galerías quiteñas que atendían en Quito.
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Edwin Alcarás. Redactor

La voz, fresca y ligeramente ronca, siempre emergía como un susurro apenas  perceptible, como un terciopelo  impalpable. No era hombre dado a la charla, lo suyo siempre fue, más bien,   el silencio.

Aquello que  guardaba  en algún rincón de ese silencio fue para Ramiro Jácome (Quito, 1948-2001)  como una especie de tesoro que acumulaba con celo -incluso con mimo- para inflamarlo luego sobre sus telas, entre colores y formas transidos  de lucidez.

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El recuerdo unánime de la gente que lo trató compone una imagen de esta guisa: un hombre de edad indefinible (Sheyla Bravo, su primera pareja: “Siempre aparentaba menos edad de la que tenía. Se comía los años”); eternamente delgado,  melena hasta los hombros, rasgos pronunciados debajo de una piel ligeramente pálida y unos ojos rasgados de mirada profunda que delataban  su ascendencia  asiática (Marcia Balladares, su segunda pareja: “El padre de su madre fue chino. Creo que por eso siempre estuvo fascinado con esa parte del mundo. Todo lo oriental lo obsesionaba”).

Pero su rasgo físico -así como espiritual-  preponderante fue, ante todo, su mutismo. En las memorias en las que se grabó su imagen, la parquedad lingüística de Jácome es el sello común; eso y el reconocimiento de su extraordinario talento, cultivado con sus propias manos, fuera de cualquier influencia académica, con  más intuición que pénsum.

Hay que imaginar a ese adolescente que fue Jácome   a partir del recuerdo  dos de sus  tres  compañeros de caballería  (junto a José Unda, Washington Iza y Nelson Román, ‘Rájac’  -así firmaba sus cuadros- formó el  grupo de los Cuatro Mosqueteros, respuesta rebelde a la academia en 1969).

Siempre delgado, con un dejo de burla pintado en la comisura de los labios, andaba siempre por la Casa de la Cultura y era ‘yerba mala’ de las   galerías quiteñas que atendían en Quito a mediados de los años sesenta. Lo acompañaba a  veces  su amigo Washington Iza: ambos raspaban los 16 años.

Miraban todo, leían mucho, hablaban menos. Y así, en una de las reuniones que se suscitaban espontáneamente luego de las clases en la Escuela  de Bellas Artes de Quito, a las que ya asistía Iza, coincidieron Miguel Varea, Unda, y Román.  Los púberes ilustrados  le pedían cuentas, entre bebidas y sustancias espirituosas, a los ‘clásicos’, a los ‘maestros’ y a los  ‘consagrados’ de la plástica ecuatoriana. Estaban hambrientos de vida, enojados y hambrientos.

Unda tiene este recuerdo: “Teníamos un sueño. Un gran sueño donde los haya: queríamos ser artistas, explorar y explotar el mundo por adentro y por afuera”.  Iza, quien  vive en México desde  hace 10 años, este otro: “La inercia nos desesperaba. Éramos contestatarios y buscábamos  como locos algo para renovar el arte. Era como si todo estuviese empezando con nosotros.  Jácome   se unió a nosotros  precisamente por ese espíritu de protesta, la contracultura”. Varea: “El parricidio era nuestra bandera. Todos estábamos en esa onda de buscar cauces, pistas, de destruir y crear sobre las ruinas. La primera exposición de Jácome fue una colectiva en Guayaquil y fue una de las primeras  que se fue en contra de todo. Los colores, las formas y las temáticas. Jácome, particularmente, dejó ver desde ahí un   trazo fuerte y decidido en el dibujo, además, de su sarcasmo”.

Es conocido, por lo demás, el episodio del burro  pintado de naranja que los bravíos mosqueteros hicieron desfilar afuera del Salón de Julio de Guayaquil de 1969. No se sabe  bien a  quién se  le ocurrió la sabrosa idea  pero, en todo caso, el  gesto congenia  bien con el carácter sarcástico  del quiteño “oriental, callado y medio siniestro”, como lo recuerda Varea.

Tales avatares le ganaron temprano  un lugar en la plástica nacional. Los mosqueteros traviesos  devinieron en hombres y su obra, poco a poco -así es la dialéctica de las   rupturas- se empezó a vender  bien y a ocupar a la academia. Pronto serían los padres de los que  los nuevos  jóvenes tendrían que desembarazarse como ellos, en su tiempo, habían  roto (a mordiscos) el cordón umbilical con Guayasamín, Kingman, Paredes...

Pero la historia de ese gran silencio ilustrado que fue Ramiro Jácome tiene una segunda parte, más bien un fondo, un revés.  En el ámbito familiar su silencio fue calor, vida y alegría. Marcia Balladares, quien compartió los 20 últimos años de la vida del pintor, lo recuerda como un hombre animado y conversón, si bien admite que   cuando cruzaba el umbral de la puerta hacia afuera era otro.

“Siempre encontraba la forma de hacerme reír. Le gustaba la  buena comida y, como era un vanidoso, le gustaba  lo que él mismo cocinaba. Aunque, es verdad, su pescado al vapor es el mejor que  he comido en mi vida. Supo vivir   con intensidad”.

Punto de vista

Marcelo Aguirre. Artista plástico

Me emocionaron sus mitologías

Creo que Ramiro Jácome ha sido un pintor que ha tenido una gran significación en la pintura ecuatoriana. Su figura es refrencial, sobre todo en la década de los años ochenta y desde antes, cuando él participaba de la acción de los Cuatro Mosqueteros.

Su obra, la que puede calificarse como  neofigurativa, tiene un gran sentido crítico social. Era, además, de esto, un gran colorista.

Su ‘desfiguración de las figuras’  de alguna manera logra hacernos reflexionar sobre la descomposición social. En un momento dado de su obra, Jácome era  un pintor que cuestionaba desde la sátira.

Es meritoria la muestra abierta en la  Casa de la Cultura, es un homenaje importante, pero considero que pudo tener un alcance mayor. Falta, por ejemplo, la investigación y edición de un catálogo de  su trayectoria.

Una de las obras que a mí más me conmovieron fue la de esos personajes de La Catedral, que presentó en la Galería Artes, que llevaba Iván Cruz. Eran típicos personajes  quiteños, era un rescate del mito de la ciudad, de la mitología andina. En su libro ‘El dorado’, hace una propuesta sobre esos aspectos. También sale a relucir su obra como ilustrador.

El pintor quiteño trabajó sus últimos años (murió de un cáncer pulmonar en el 2001) en una casa en La Merced, en las afueras de Quito. Ampliar Imagen  Foto:EL COMERCIO
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