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Dos lenguas que no quieren morir
January 22, 2008 Solo algunos ancianos conocen el idioma original de los sáparos y los andoas. Si no lo enseñan a los jóvenes, la riqueza se irá con ellos a la tumba.
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El día en que murió Sebastián Cariajano quedó uno menos en el grupo de ancianos valiosos de la comunidad Andoa. Nadie supo de qué falleció. Hace dos meses, su  corazón dejó de latir a los 89 años.

Esa pudo haber sido una muerte como cualquier otra. Pero él era diferente, porque tenía la habilidad de hablar en el idioma de sus abuelos.

Al principio cuatro ancianos conversaban  entre ellos en lengua  andoa. Nadie les  comprendía, porque el resto aprendió quichua desde niño.

Hoy, este idioma sobrevive de manera completa  solo en los labios de Acevedo Cadena. De niño aprendió a pronunciar cada  palabra. Mientras los otros jugaban, él se sentaba cerca de su padre y de su abuelo y escuchaba sin entender. Un día la lengua fluyó.  

Este hombre es de los pocos que sabe a la perfección cómo hablar en andoa. A sus 59 años enseña a otros para que su idioma ancestral no se pierda.  César, su hermano, es presidente de esta nacionalidad.

Y  también recibe sus clases. Su memoria ha captado otras lenguas como el quichua, el español, el shuar, ashuar y más. Pero  aún no termina de aprender la lengua de su pueblo, aunque la enseñanza empezó hace siete años. En ese entonces,  todavía había más ancianos de quienes aprender directamente.

Él junto a otros hombres  salían con ellos a la selva y conversaban. Se reunían y empezaban a preguntarles cómo se decía chicha, señorita, joven. Cada uno tenía sus inquietudes sobre cómo nombrar a los animales.

 A las charlas iban con lápiz y cuaderno y escribían  la palabra como les sonaba, porque este idioma no tiene nada escrito. Además, los ancianos que lo sabían no pudieron escribirlo porque eran analfabetos.

En medio de la selva, este dirigente indígena escribía yayatsu, mamatsu, tarumia. Y aprendió que significaban papá, mamá y tierra, respectivamente. Pero hasta ahora no sabe cómo se dice Dios.

Así, esta comunidad quiere que su lengua no muera. Algunos empiezan a dominar el idioma. Y sus nombres son bien conocidos: David Dahua, Luis Siqigua, Gabriel Santamaría, César Cadena... Y se espera que los niños no olviden las palabras que dieron inicio a la nacionalidad y que se perdieron  poco a poco cuando los misioneros trajeron el quichua desde Archidona y les empezaron a hablar en esta lengua.

César a sus 39 años no deja de aprender. Y aunque cuando está en la civilización se viste con camisa y pantalón, al estilo occidental, como él mismo lo dice,  nunca olvida que su traje es “uno de mullos, una corona de plumas y una especie de collar hecho con una pepa de monte y huesos de aves”.

Él tampoco ha dejado de pintarse con una pepa de árbol que le da una tonalidad negra a la piel. Y tampoco deja que  800 hombres y mujeres que pertenecen a ste grupo dejen atrás sus raíces.

Un día, Luis Montaluisa se reunió con los dirigentes de esta comunidad. Es un lingüista y doctor en Ciencias de la Educación que trabaja en la Dirección Nacional Intercultural Bilingüe.  Estuvo tres días con ellos y  sugirió que el alfabeto de esta lengua tenga 21  grafías.

También averiguó  que el padre Agustín María León descubrió en 1930 que la lengua de esta nacionalidad se llamaba shimigae y que este religioso dominico dejó un vocabulario de 200 palabras con la conjugación del verbo nadar en pasado, presente y futuro.

Entonces, él junto con su esposa Catalina Álvarez (máster en Educomunicación) escribió un estudio sobre las lenguas indígenas del Ecuador. Allí dice que la sápara también está por desaparecer.

Ahora, solo cuatro ancianos que sobrepasan los 70 años dominan el idioma. Ellos  pescan,  cazan y conversan con los jóvenes. Para llegar a verlos es necesario viajar 45 minutos en avión desde el aeropuerto del Puyo, en la Amazonia ecuatoriana. Luciano Ushigua, director de educación de la nacionalidad Sápara, dice que si se quisiera llegar al lugar a pie tomaría por lo menos un mes, por lo difícil del terreno y por la peligrosidad del área.

Esta nacionalidad también fue perdiendo su lengua. Y  hay muchas hipótesis sobre la forma en la que las personas empezaron a olvidar  sus propias palabras. Algunos relatos que repite Montaluisa cuentan que los sáparos eran un pueblo numeroso  y que un día los caucheros se establecieron en Iquitos.

Estos hombres esclavizaron a la gente y uno de los sistemas que utilizaron fue aliarse con esta nacionalidad para obligar a las otras comunidades a que recolecten caucho.  La historia sigue así: “ El resto de pueblos se puso en contra de los sáparos y los aislaron.  Además, al estar en contacto con blancos adquirieron enfermedades y hubo epidemias que redujo este pueblo”.

El experto cuenta que tanto la sápara como la andoa también se fueron  perdiendo por la presencia de misioneros y por el prestigio que adquirió el quichua. Entonces, todos pensaban que hablar este idioma era mejor que el propio. Y con el paso de los años la gente ya no hacía oraciones en esta lengua.  También se desvaneció de los labios de los hombres  por los matrimonios  de estos nativos con parejas de otras  nacionalidades  que hablaban quichua. 

Los propios indígenas se resisten a que su lengua ancestral muera. Por eso cada niño aprende cómo hablar en el idioma de sus antepasados. Y los hombres que nunca aprendieron esta lengua tratan de aprovechar los conocimientos de los ancianos cuando van de pesca, cuando cazan o machacan el barbasco.

Jaime Gayas ve todos los días este proceso. Tiene uno de los apellidos que es común en la nacionalidad sápara, pero él es un quichua Pastaza. Precisa que su apelativo fue a parar a este pueblo porque su papá era padrino de algunos nativos del lugar  y que por eso un día ellos decidieron adoptar ese distintivo.

Ahora, este hombre es el director regional de Educación Intercultural Bilingüe de la Amazonia. Para él, estas lenguas antiguas son importantes, por eso no deja de impulsar las clases con los últimos hablantes de la lengua andoa y sápara.

Él  aprendió español, pero nunca olvida a su padre que murió a los 82 años y se resistió a dejar su idioma quichua, pues lo único que aprendió a decir en castellano  fue hola y molestoso.

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