Cubierto con máscara, overol azul y guantes, Jorge Chilán manipula las cáscaras de naranja y los desperdicios de plátano que el carro recolector lleva desde la zona poblada de la isla Santa Cruz hasta el Parque Ambiental Fabricio Valverde, a 20 minutos.
A ese lugar, un terreno verdoso con cerramiento de bloque, diariamente llega un promedio de 10,2 toneladas de desperdicio que la isla produce entre material orgánico, reciclable y no reciclable. De esa cantidad, cerca de 2,5 t. se reutilizan. Es decir, cada mes se procesan 75 toneladas.
Por ejemplo, el desecho de alimentos se procesa seis meses y se obtiene abono.
Este se vende a los agricultores a USD 5 el saco de 40 kilos. “Es una buena ayuda, porque en las tiendas nos venden hasta en USD 20”, cuenta Manuel Pila, un agricultor que produce limones en El Cascajo, a 45 minutos del centro.
El reciclaje comenzó en 1995, como una idea informal de los jóvenes. En ese entonces solo se recolectaban botellas de plástico y de vidrio. Es en 1998 cuando el Municipio local implementa la recolección de cartones.
El proceso se consolida en el 2000 con la firma de un convenio entre la Fundación Galápagos Ecuador, el Parque Nacional y el Municipio de Santa Cruz.
Desde ese entonces todas las viviendas y centros de expendio cuentan con tres tipos de tachos donde se depositan las distintas clases de basura. En los tachos verdes se recolecta la basura orgánica: restos de comida, legumbres, piel de animales como pollo, pescado, viruta, aserrín. En los azules van los desperdicios reciclables: vidrio, plásticos, papel, pilas, latas y envase tetrapac.
En los negros se deposita lo no reciclable, como la basura del baño, el espumaflex… Hernán Echeverría, dueño del local de recuerdos Galapaguitos, ubicado en el malecón principal, sabe que la costumbre de no mezclar todos los desechos ayuda a que la isla se mantenga limpia.
Quienes incumplen con la norma tienen multas que van desde USD 20 a 100. Aunque el alcalde de Santa Cruz, Leopoldo Bucheli, apuesta por educar a los habitantes temporales, permanentes y a los turistas. A través de espacios contratados, el canal local de televisión 9 repite constantemente mensajes sobre el sistema de reciclaje de basura. “Mantengamos limpia a Galápagos, recojamos la basura”, dice el locutor.
Mientras Chilán trabaja en el abono, siete hombres más, contratados por la Fundación Galápagos, clasifican cartón, pilas, vidrio y plástico que arriban al Parque. Allí, la temperatura es de 32 grados. Jorge Gaibor está cubierto el rostro, suda abundantemente y carga los cartones hasta el centro de acopio. El material se saca al continente cada mes y se vende a las recicladoras en Quito o Guayaquil. Los motores con los que funcionan las trituradoras de vidrio y plástico opacan la explicación de Gaibor. La primera máquina funciona tres veces por semana y cada día de operaciones tritura una tonelada y media de desperdicio.
En el caso de las botellas, automáticamente se clasifican las tapas y las etiquetas. El vidrio pulverizado es mezclado con cemento y el producto final es el adoquín con el que se ornamenta a la isla.
La trituradora de plástico opera dos veces a la semana. Desde el 2002, cuando se entregaron las máquinas, se trituran semanalmente 800 kilogramos de plástico. Una vez convertido en picadillo, se exporta a China. En cambio, las pilas se envían a Guayaquil. El aceite de los barcos también se recupera. Este se acopia en tanques y se saca al continente.