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Quito - Ecuador | 9 de febrero del 2010 | 15H04 (GMT-5)
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Historias escritas a flor de piel...
July 13, 2008 A Salime Jalil le crecieron un par de alas negras cuando cumplió 18 años. Tardaron horas en aparecer y el proceso fue doloroso. Pero, al final, un plumaje dibujado con tinta y aguja se convirtió en su primer sueño escrito en la piel: su primer tatuaje.
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Redacción Jóvenes

A Salime Jalil  le crecieron un par de alas  negras  cuando cumplió 18 años. Tardaron  horas en aparecer y el proceso fue doloroso. Pero,  al final, un plumaje dibujado con  tinta y aguja se convirtió en su primer sueño  escrito en la   piel: su primer  tatuaje.

Cuando baila, porque ese es uno de sus talentos, resaltan en su espalda las  alas que le han acompañado cinco años. “Desde siempre he  creído  en el  mundo   fantástico  de las hadas y pensé en  darle a mi vida y a mi  cuerpo algo de esa magia”.

El artístico tatuaje que ahora tiene representa más que un simple dibujo. Es parte de su cuerpo y de su historia. “Cuando lo topo siento que me abrazo y es como si tuviera una cobija de plumas que me cubre”.

Se lo hizo cuando cumplió la mayoría de edad y es un símbolo de libertad, de vuelo, de misticismo. Además, le recuerda a su prima y amiga, quien  emprendió vuelo hace años y vive en otro país.
    
Ese es otro de los sueños de Salime:  a ella le gusta viajar y quiere regresar a los que, cree, son los  orígenes del ser humano. Por eso, se tatuó un mapa de África en la pierna.
 
Como ella, cientos de chicos buscan un diseño   de acuerdo con su filosofía de vida, sus creencias religiosas, su música, sus recuerdos... Por eso, el que Andrés Santos (25) tenga cuatro duendes en la  espalda no es una casualidad.   Uriel, Sirio, Xiona y Jonatás son los nombres que les puso desde hace tres años. “Mi abuelito me contaba historias de duendes cuando era niño. Al principio me daban terror, pero después me gustó la niñez que conservan a pesar de ser arrugados”.
 
La obsesión por conocerlos más fue creciendo, hasta que decidió tatuarse cuatro  que -según él- son parte de su vida. Incluso dice que le dan suerte, porque al pie de ellos está un trébol de cuatro hojas. 

Otros chicos, en cambio, prefieren impregnar  su música sobre el cuerpo.   Guillermo Bolaños (21) es  roquero y por eso se  tatuó  el género que interpreta: Grindcore.
 
Para  él, el rock y los tatuajes tienen mucho que ver, quizá porque las dos energías (el sonido y la piel) vibran al mismo tiempo.  Ya lleva seis diseños  en su cuerpo y asegura  que  la lista aumentará.  “El primero me lo hice a escondidas de mis papás, a los 15,  años y fue con  mi mejor amigo, el segundo fue para complementar el primero (tiene dos caras macabras casi unidas), el tercero fue un impulso y después simplemente es amor a los tatuajes”.
 
Quizás sea un cariño que se escapa de la piel y que contagia a seres cercanos, como  a Cristina Perugachi (21), la novia de Guillermo. Hace seis meses, ambos fueron a Diablo Loco Tatoo y Santiago Díaz le diseñó un tatuaje que va con su personalidad. “Siempre pensé que   sería  algo contrario a las  calaveras, que más bien simbolice naturaleza”. Y se  hizo un árbol con hojas rojas, lleno de vida, y con raíces fuertes.

Ella también se lo hizo en secreto, como  Belén Barriga (22), quien les dijo a sus papás que  era un tatuín de esos que vienen con los chupetes. Pero no, su serpiente en el ombligo ya cumplió siete años y  no se quita con nada. Su marca es el recuerdo de la serpiente de ‘Principito’, su libro favorito desde que es una niña.
 
En cambio,  Augusto se impactó al leer sobre la diosa de la sabiduría: Minerva. “Es la  totalidad y la inmensidad infinita y eso admiro de ella”. Su  tatuaje se extendió a todo el brazo y seguirá creciendo, igual que los dibujos de otros que como él eligen escribir su historia en el  cuerpo, y no en un diario con candados.
De ideales a recuerdos. Andrés Santos (izq.) se pintó cuatro duendes. Ampliar Imagen  Foto:EL COMERCIO
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