De la campaña presidencial de los Estados Unidos llama la atención la magnitud del gasto electoral y la superficialidad del discurso de los candidatos. Rehuyeron tratar los temas comprometidos, limitándose a manejar, con mayor o menor elegancia, los lugares comunes.
En plena crisis del “mercado casino”, no fueron capaces de presentar soluciones viables y se limitaron a dar apoyo a las medidas propuestas por la administración Bush. Otra vez se ha puesto de manifiesto que la élite política de los Estados Unidos tiene los ojos sobre los distritos electorales de donde vienen los votos y que no dan la importancia debida a los problemas de interés nacional y menos a lo que ocurre en el resto del mundo, al que siguen considerando un satélite.
McCain pertenece al pasado, por aspecto y pensamiento, a pesar de sus esfuerzos por aparecer como un conservador moderno y por poner distancias con el gobierno de George W. Bush, cuyo fracasado peso le ha llevado a perder la elección. Montó la campaña sobre su propia biografía: servicio militar, años de prisión en Vietnam, tres décadas en el Senado y seguridad frente a los riesgos de un contendor sin experiencia.
Obama es un notable orador, con una carga demagógica que no es propia del mundo anglosajón y con una percepción populista, moderada por la cultura política del contorno, que, de haber nacido en Latinoamérica, le habría convertido en una figura revolucionaria, partidaria del cambio y solidaria con los menos favorecidos.
Hoy le toca cumplir con lo ofrecido, en una economía en declive que le hará difícil llenar las expectativas que ha despertado. Lo que se ha puesto en claro es la voluntad de una gran mayoría de americanos de distanciarse del pasado y de apostar por una carta que hasta estos días no figuraba en la baraja de los Estados Unidos, rompiendo incluso con arraigados prejuicios raciales.
A los del sur del Río Grande no puede dejar de sorprendernos la indiferencia con la que se ha tratado en la campaña presidencial a los países que estaban considerados como patio trasero.
Los ocho años de Bush nos desconectaron de los Estados Unidos y parece que el nuevo Presidente no hará mayores esfuerzos por acercarnos. No se ha dedicado un párrafo a las relaciones con nuestras naciones, salvo alguna referencia a Chávez, si bien Obama parece más abierto y conciliador. Los del socialismo revolucionario de seguro que habrían estado más contentos con el triunfo de McCain, que les habría permitido agudizar los conflictos, mientras que con Obama pueden verse obligados a replegar las banderas del nacionalismo intransigente.
Así como Estados Unidos ha ignorado a América Latina, los nuevos dirigentes han recogido el guante y han respondido con la ilusión de nuevas instituciones multilaterales en las que solo se hablen idiomas derivados del latín.