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Redacción Cultura, EFE y DPA
El escritor cuencano Jorge Dávila Vásquez coincide en que lo de Pinter era “un realismo brutal con una extraordinaria capacidad de crear tensiones dramáticas y relacionarlas con profundas nociones psicológicas”. Para Dávila, el inglés, ganador de 23 premios literarios a lo largo de su vida, sigue y seguirá siendo “un escritor de vanguardia”. En realidad se trata de una vanguardia que nació luego de la Segunda Guerra Mundial en una Europa devastada. La sombra de la violencia nunca deja de habitar sus textos a pesar de la aparente tranquilidad burguesa que caracteriza, en la superficie, a sus textos dramáticos. El poeta y dramaturgo Bruno Sáenz, quien ha seguido el trabajo de Pinter desde hace décadas, reconoce en él una virtud: la perseverancia. “Sus primeros textos eran los de un joven lleno de cuestionamientos, que reflejaban la profunda inconformidad social de la segunda posguerra. Por ello, a él y su grupo los llamaron los ‘Angry young men’ (jóvenes enojados). Como a todos, luego el tiempo lo pacificó un poco. Ahí está su inteligencia. Supo mantener su propuesta estética, su voluntad de decir algo, luego de sus textos juveniles sin claudicar en sus principios”. El Nobel, por lo demás, le llegó en este tiempo de paz, según Sáenz, “cuando su primera efervescencia había pasado. Sin embargo, toda su vida estuvo dedicada al teatro, a una dramaturgia de calidad, muy vigente”. Estos primeros airados escarceos literarios no fueron tan juveniles. De hecho, su primer libro de teatro ‘El cuarto’ (‘The room’) lo publicó cuando tenía 27 años. Antes, a los 20 recién cumplidos, había sacado a la luz un volumen de poemas que corrió con más pena que gloria. Así que al siguiente año se matriculó en la escuela Central de Oratoria y Drama. Su segunda obra, ‘La fiesta de cumpleaños’ (‘The Birthday Party’) fue mal recibida por la crítica y retirada de cartelera luego de una semana. El azar quiso que precisamente esa fuera la única obra que, en años, se haya estrenado de Pinter en Ecuador. Con esas obras ya sacó carta de naturalidad en el grupo de los ‘angry’, en el que también estaban los dramaturgos Tom Stoppard, John Osborne y Arnold Weker. Era una vanguardia que operaba por reducción. Mientras menos, más. El trabajo de Pinter ha sido comparado, en ese sentido, con el de Samuel Beckett, de quien fue amigo. Lo más importante de sus obras, sigue Patricio Vallejo, es la capacidad de crear tensiones a través de las palabras y los silencios. “Los escenarios a veces parecen desconectados de la trama, pero es el texto el que da sentido cabal a toda la obra”. El anecdotario Ira. Un adicto a las declaraciones fuertes Pinter probó lo que era soltar bombas mediáticas y quedar tan tranquilo. Y le gustó. De cuando en cuando salía al paso de cámaras para decir cosas como esta (en su discurso de aceptación del Nobel): “Todos saben lo que sucedió en la Unión Soviética y a través de Europa oriental durante la posguerra (...) Todo esto ha sido documentado y verificado (...) Pero (...) los crímenes que cometió EE. UU. en el mismo período solo han sido registrados en forma superficial, ni hablar de su documentación, de su admisión, de reconocerlos siquiera como crímenes (...) Los crímenes de EE. UU. fueron sistemáticos, constantes, infames y despiadados”. Carrera. Una vida con decenas de premios El trabajo de Pinter, si bien no tan conocido en América Latina antes del Nobel, fue bien apreciado en Europa. En su país natal recibía constantes elogios de dramaturgos como Alan Ayckbourn y Michael Colgan, director del teatro Gate de Dublín, Irlanda. |
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