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Quito - Ecuador | 9 de febrero del 2010 | 14H41 (GMT-5)
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Madres e hijos, la otra cara del celibato
May 17, 2009 El drama que viven los sacerdotes católicos por la prohibición de mantener relaciones tiene varias aristas. Sus compañeras y sus hijos sufren discriminación.
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Mariela Rosero Ch. Redactora de Sociedad 

Saluda con un beso en la boca a María Cristina y le frota la mano de tanto en tanto. Hace más de 50 años que el padre Alonso Pérez dejó de prestar atención a las lecciones del Seminario Mayor...

“Nos enseñaban a caminar con la mirada en el suelo y a no mirar a la mujer, que era el demonio y la tentación”, recuerda este locuaz  hombre, de 83 años.

El celibato no es para todos. La mujer no es el demonio que tienta
Mario Mullo
Presidente Sacerdotes Casados Yahuarcocha

Una cachucha negra, saco y chaleco de lana sobre una camisa dan la apariencia de un cura como otros. También el tono pausado de su voz y las arrugas que cruzan la piel de su cara  obligan a verlo como un santo varón.     

Pero no quiere proyectar esa imagen. Hasta enero de 2007, cuando la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (CEE) lo jubiló, celebró los servicios religiosos en su parroquia, La Ferroviaria, en Tungurahua. Y hasta noviembre pasado oficiaba misas en secreto, en San Diego, en la capital. 

Nunca colgó la sotana ni vivió  crisis de fe, pues se ordenó para influir en la gente humilde. Estaba convencido de que la Iglesia podía ayudar a los pobres. Era feliz frente a los grupos juveniles. 
 
Sin embargo, Pérez no fue un sacerdote católico más. En el país existen 1 728; en promedio hay uno por cada 8 000 habitantes.

Hasta 2007 llevó una doble vida. Aunque  sus catequistas, su gente y jerarcas de la Iglesia sabían que desde hace 30 años, además,  era padre de familia.

Cristian, su hijo mayor, cumplió 30 y estudia en la U. de San Francisco, en EE.UU. Es doctor en Medicina y Biología. Loly es la hija menor, de 18 años. Desde que  María Cristina, ahora de 53 años, supo que estaba embarazada sufrió mucho.

La modista y maestra del Secap  se enamoró de un hombre diferente, el Vicario de Pastoral de la Diócesis de Tungurahua, recién llegado de París. No usaba ni cuello clerical, era rebelde y  trabajador. Lo acompañaba  una religiosa, Marieta González, que lo llamaba  “hombre loco”.

Según cuenta, una gringa del Cuerpo de Paz le ofrecía mantener una vida sexual. Él tenía terror de aceptar, pensaba que podían chantajearlo.  Creía en el ideal de dedicarse a una comunidad como a una novia o  a una familia. Fue célibe por 29 años.  

“No tenía planes matrimoniales, estaba embelesado en trabajar con la gente”, rememora María Cristina. Su relación se mantenía a la distancia. Dio a luz en Quito, tras pasar cinco de los nueve meses de embarazo en Venezuela. Se veían de vez en cuando, citándose en restaurantes o  para jugar tenis, con prudencia. Los visitaba los  lunes o martes.

“Mija, te quiero mucho, pero no puedo dejar mi situación, es un compromiso demasiado serio”, le confesó  Alonso. Ella lo aceptó y  enfrentó a la suegra, Serafina, quien casi la golpea furiosa. Gritó: “No  te hice casar con esta chica sino con la Virgen María”.

Cuando tuvieron su segunda niña, una de las hermanas de Alonso lo denunció al obispo Vicente Cisneros. “Mi hermano tiene dos hijos”. El obispo le comentó el hecho y el padre le aseguró que pesaba el interés en  su herencia y ahí terminó todo.

“El voto de celibato cultiva la hipocresía. Más del  80% de sacerdotes tiene mujeres  pobres a su lado. Una  copetona   o rica lo denunciaría. Son cocineras, amas de llaves y catequistas... He bautizado a los hijos de varios compañeros sacerdotes, sus ‘sobrinos”.

Alonso Pérez integra la Asociación de Sacerdotes Casados del Ecuador Yahuarcocha, fundada en 1992. Siete años antes, en 1985,  surgió en Ariccia, Italia, la Federación Internacional de Presbíteros Católicos Casados y sus esposas.

En 1990 se formó la Federación Latinoamericana para la renovación de los ministerios, apoyada  por el obispo argentino Jerónimo Podesta y su esposa Clelia Luro.

Su presidente es Mario Mullo, ecuatoriano de 66 años, quien dejó el sacerdocio luego de 10 años de servicio. Hace 35 años se casó con Rosa Leiva, hoy de 58. 

La pareja tiene tres hijos, Daniela, de 30; Fernanda, de 28, y Mario, de 22. Las chicas están casadas, la mayor dará a luz al primer nieto de Mullo en un mes.

Mullo calcula que en el mundo hay unos 150 000 de 400 000 sacerdotes que dejaron los hábitos por amor.  La organización Yahuarcocha cree que es el momento de reactivar el debate sobre el celibato opcional.

Esto tras conocerse la existencia de un hijo del presidente paraguayo, Fernando Lugo, ex obispo de San Pedro. En su país, incluso le compusieron una cumbia: “Lugaucho tiene corazón, pero no usó el condón”. Luego fotografiaron al padre Alberto Cutié con una hermosa mujer, en las playas de Miami.  

Rosa todavía se desencaja al recordar lo sufrido, cuando su actual esposo se despidió en el púlpito de sus feligreses de Calacalí. Les confesó que se enamoró.      

“Pueblo chico, infierno grande, todos comentaban el tema. Pude regresar luego de tres años”, cuenta Rosa. El padre Mario le contó a su suegra Luz sus intenciones de casarse, tras  un noviazgo de tres años. Fue terrible.

Rosa regresaba de su trabajo en Quito. Hasta la esquina de la casa llegaban los gritos de su madre Luz. Ella temblaba. Apenas ingresó, su mamá le tiró el cabello.

“Mojigata. Cómo que tu enamorado es el padre Mario, no sabes que ellos son discípulos de Dios. Es el peor pecado del mundo”, le gritó. Le advirtió que si se casaban debía olvidarse de ella.

El matrimonio fue en Quito, en la iglesia de San Isidro de El Inca. Toda la familia de Mario los acompañó. Él los había ido preparando diciéndoles que el celibato no era natural y que no podía vivir una doble vida, como le aconsejaban sus superiores.

En Calacalí, luego de un año, seguían hablando de Rosa y de Mario. El nuevo párroco pidió por “las almas de los  amancebados”. Su mamá no la perdonó hasta que su consuegra, Elena, le dijo: “Ni una hoja de un árbol se mueve sin el permiso de Dios, no somos nadie para juzgarlos”.    

Años después, cuando la familia visitaba la parroquia, Rosa seguía  sintiendo las miradas. “Me veían como a un animal raro”.

En una fiesta de la familia de Mario, un tío sacó a bailar a Rosa y le espetó: “Él no debía casarse, tú te le has  de haber insinuado, eres la diabla”. Ella lloró.

Mario terminó sus estudios de Sociología en la Universidad Central de  Quito y empezó a trabajar en una fundación. Luego como profesor, hoy es subdirector de la Escuela de Arquitectura. También da clases de epistemología en la Universidad Cristiana Latinoamericana.

“De niñas nos contaron que mi padre dejó el sacerdocio porque amaba a mi mamá. No lo vi ni bien ni mal, no entendía de las reglas de la Iglesia”, recuerda Daniela, la mayor de sus hijas.

Mario, el menor de los hijos, hoy lo admira por luchar por el celibato opcional y por las mujeres sacerdotisas. “Conoció del mundo a través de las confesiones, no tuvo que experimentar tanto, me entiende”.  

En 3 años se consigue dispensa

En la Arquidiócesis de Quito  hay unos 300 sacerdotes. Tres de ellos han pedido dispensa para dejar el ministerio, según el padre Nicolás Dousdebés, secretario general adjunto de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana.

Para ordenarse se pasa por un período de por lo menos seis años de formación académica, espiritual y humana. “No es que uno no sabe y menos aún que le obligan a vivir el celibato”.

Si un sacerdote descubriera que el amor humano hacia una mujer es más fuerte que su llamado, puede pedir una dispensa. A través del Obispo se la solicita a la Pontificia Congregación para el Clero, en Roma. 

La respuesta puede tardar hasta cinco años, por si el sacerdote desea rever su decisión. Después puede casarse por la iglesia, como cualquier otro fiel.

Dousdebés dice que en los matrimonios hay muchos casos de infidelidad y no por eso se pide eliminar este sacramento. Con el celibato opcional, quizá aumentarían las vocaciones, pero solo mientras pase la novedad.

“Luego disminuirían por razones económicas, pues un sacerdote casado debería ganar más para mantener a esposa e hijos  o bien tener dos trabajos. Los fieles no contribuyen mucho”.

Homero Galarza, de la Asociación de Sacerdotes Casados Yahuarcocha, dice que la Iglesia no entiende que quienes la abandonan no lo hacen solo para casarse. “Nos agrupamos para defendernos, si se cancela a un empleado de una empresa, él tiene derechos.

Se nos castiga por casarnos o reconocer a un hijo. La jerarquía dice deja nomás, ya vamos a pagar la pensión”.

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