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Mariela Rosero Ch. Redactora de Sociedad
Pero no quiere proyectar esa imagen. Hasta enero de 2007, cuando la Conferencia Episcopal Ecuatoriana (CEE) lo jubiló, celebró los servicios religiosos en su parroquia, La Ferroviaria, en Tungurahua. Y hasta noviembre pasado oficiaba misas en secreto, en San Diego, en la capital. Nunca colgó la sotana ni vivió crisis de fe, pues se ordenó para influir en la gente humilde. Estaba convencido de que la Iglesia podía ayudar a los pobres. Era feliz frente a los grupos juveniles. Sin embargo, Pérez no fue un sacerdote católico más. En el país existen 1 728; en promedio hay uno por cada 8 000 habitantes. Hasta 2007 llevó una doble vida. Aunque sus catequistas, su gente y jerarcas de la Iglesia sabían que desde hace 30 años, además, era padre de familia. Cristian, su hijo mayor, cumplió 30 y estudia en la U. de San Francisco, en EE.UU. Es doctor en Medicina y Biología. Loly es la hija menor, de 18 años. Desde que María Cristina, ahora de 53 años, supo que estaba embarazada sufrió mucho. La modista y maestra del Secap se enamoró de un hombre diferente, el Vicario de Pastoral de la Diócesis de Tungurahua, recién llegado de París. No usaba ni cuello clerical, era rebelde y trabajador. Lo acompañaba una religiosa, Marieta González, que lo llamaba “hombre loco”. Según cuenta, una gringa del Cuerpo de Paz le ofrecía mantener una vida sexual. Él tenía terror de aceptar, pensaba que podían chantajearlo. Creía en el ideal de dedicarse a una comunidad como a una novia o a una familia. Fue célibe por 29 años. “No tenía planes matrimoniales, estaba embelesado en trabajar con la gente”, rememora María Cristina. Su relación se mantenía a la distancia. Dio a luz en Quito, tras pasar cinco de los nueve meses de embarazo en Venezuela. Se veían de vez en cuando, citándose en restaurantes o para jugar tenis, con prudencia. Los visitaba los lunes o martes. “Mija, te quiero mucho, pero no puedo dejar mi situación, es un compromiso demasiado serio”, le confesó Alonso. Ella lo aceptó y enfrentó a la suegra, Serafina, quien casi la golpea furiosa. Gritó: “No te hice casar con esta chica sino con la Virgen María”. Cuando tuvieron su segunda niña, una de las hermanas de Alonso lo denunció al obispo Vicente Cisneros. “Mi hermano tiene dos hijos”. El obispo le comentó el hecho y el padre le aseguró que pesaba el interés en su herencia y ahí terminó todo. “El voto de celibato cultiva la hipocresía. Más del 80% de sacerdotes tiene mujeres pobres a su lado. Una copetona o rica lo denunciaría. Son cocineras, amas de llaves y catequistas... He bautizado a los hijos de varios compañeros sacerdotes, sus ‘sobrinos”. Alonso Pérez integra la Asociación de Sacerdotes Casados del Ecuador Yahuarcocha, fundada en 1992. Siete años antes, en 1985, surgió en Ariccia, Italia, la Federación Internacional de Presbíteros Católicos Casados y sus esposas. En 1990 se formó la Federación Latinoamericana para la renovación de los ministerios, apoyada por el obispo argentino Jerónimo Podesta y su esposa Clelia Luro. Su presidente es Mario Mullo, ecuatoriano de 66 años, quien dejó el sacerdocio luego de 10 años de servicio. Hace 35 años se casó con Rosa Leiva, hoy de 58. La pareja tiene tres hijos, Daniela, de 30; Fernanda, de 28, y Mario, de 22. Las chicas están casadas, la mayor dará a luz al primer nieto de Mullo en un mes. Mullo calcula que en el mundo hay unos 150 000 de 400 000 sacerdotes que dejaron los hábitos por amor. La organización Yahuarcocha cree que es el momento de reactivar el debate sobre el celibato opcional. Esto tras conocerse la existencia de un hijo del presidente paraguayo, Fernando Lugo, ex obispo de San Pedro. En su país, incluso le compusieron una cumbia: “Lugaucho tiene corazón, pero no usó el condón”. Luego fotografiaron al padre Alberto Cutié con una hermosa mujer, en las playas de Miami. Rosa todavía se desencaja al recordar lo sufrido, cuando su actual esposo se despidió en el púlpito de sus feligreses de Calacalí. Les confesó que se enamoró. |
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