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Rubén Darío Buitrón
Amador y odiador de la vida citadina, Bukowsky expresó en su literatura el horror de ser parte de la absurda manera de vivir del típico norteamericano: “(...) Me veo a mí mismo para siempre/ empujando un carrito a través de un/ supermercado/ buscando cebollas, patatas/ y pan/ mientras miro pasar/ a las feas y raras señoras./ Me veo a mí mismo para siempre/ conduciendo en la autopista/ mirando por un parabrisas/ solo con la radio puesta/ en algo que no quiero escuchar./ (...) Me veo en una habitación/ con una mujer/ deprimida e infeliz (...)”. En busca de una explicación a la poética dura y sórdida de Bukowsky, el ensayista argentino Federico Ludueña afirma que “quizás la curiosa ciudad de Los Ángeles determinó que el poeta no perteneciera a nada ni a nadie. En su juventud viajó intensamente por la Unión, cambiando de trabajo cada vez que él se cansaba o se cansaban de él. Nunca votó ni militó en un partido político o movimiento literario. Mantuvo su ajenidad intacta”. Ajeno, distante, crudo adjetivador de su vida y de la vida de los demás, en sus 20 libros de poemas, publicados hasta su muerte en 1994, exploró temas alrededor de los cuales desarrolló una filosofía sobre el alcohol, las mujeres, el sexo, el desempleo y las carreras de caballos. Reiterativo y circular, irreverente consigo mismo y declarado enemigo de la esperanza, nunca aburrió a los miles de lectores norteamericanos que buscaban ávidos sus libros y viajaban a escucharlo en los auditorios aunque solo alcanzara a balbucear algunos versos por culpa del whisky que él nunca abandonó y que a él nunca lo abandonó. Bukowsky, que creó un personaje de sí mismo llamado Henry Chinanski, era un vagabundo que contaba la realidad sin eufemismos: “Algunas personas/ trabajan como esclavos/ para hacer de su infelicidad/ la razón última de su existencia/ hasta que al final ya son infelices /automáticamente(...)”. La condena de Bukowsky fue siempre empezar de nuevo, dice el periodista argentino Jorge Lanata: “Consciente de que todo lo que sucede debe ser escrito, vive cada pelea como un diálogo futuro, acomoda cada situación en su memoria. La sangre (el alcohol) no le sangra, pero sangra la hoja. El alcohol (la sangre) no lo mancha, pero mancha la hoja. Tiene la atroz contundencia de lo que no existe (Dios) y se obliga a una carrera fatal contra el olvido”. Bukowsky tuvo una ventaja sobre los seres presuntamente normales: conoció el infierno, se paseó por él, volvió y lo mostró en sus poemas: “Está bien ser un escritor/ hambriento/ pero no/un escritor/ hambriento que bebe./ Los borrachos/ nunca son perdonados”. Fragmentos y subversiones Es lo mismo que antes o que la otra vez o que la vez anterior a esta. Hay un macho y una hembra y hay un problema. Solo que cada vez piensas bueno la voy a dejar que haga lo suyo y yo voy a hacer lo mío. Ya no lo quiero todo, solo algo de confort y algo de sexo y un pequeño amor. Ahora de nuevo estoy esperando y los años se van tenues. Tengo mi radio y las paredes de la cocina están amarillas. Sigo vaciando mis botellas atento a los pasos en las escalera. .... “Ella está loca pero es mágica”. No hay mentira en su fuego. Te amé como un hombre ama a una mujer que no toca, solo le escribe y guarda pequeñas fotografías de ella. .... Es terrible ser derrotado en lo que parece importar. ... Nadie encuentra a quien busca pero siguen trepando y bajando de las camas (...). No hay elección: estamos atrapados por un destino singular. ... Es cuando estás en la mala cuando te das cuenta de que todo tiene dueño y de que hay cerraduras en todas las cosas. |
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