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Se calcula que 200 000 personas murieron en el terremoto del 12 de enero. La ayuda internacional no es suficiente.

20 días después del terremoto

Christian Torres, enviado a Haití

“No me tomes fotos, dame agua” me gritó un joven haitiano. Estaba a cinco metros del muchacho que cargaba pedazos de cemento de lo que antes fue una casa del barrio Centre-ville, en Puerto Príncipe. Apenas había tomado dos fotos, cuando me miró.

La cámara y mi presencia para aquel joven fueron una profanación a su dolor. Sus palabras tuvieron la fuerza de un rayo. Imaginé las veces que aquel joven había visto pasar a cientos de extranjeros, que por estos días recorren Puerto Príncipe, con cámara en mano, en busca de historias sórdidas para contar al mundo lo dantesco de la tragedia de su pueblo, sin haberlo siquiera mirado u ofrecido agua o al menos aliento.

Su mirada desafiante decía tanto como sus seis palabras. Su imagen vuelve a mi mente desde el retorno a Quito, porque no encuentro expresiones similares en las imágenes de Haití que últimamente se muestran por TV.

La TV siempre ha mostrado a Haití como un país pulverizado. Él más pobre y con más hambruna de América. Un infierno casi desértico en medio del esplendoroso Caribe. No hay árboles, tampoco agricultura. Una nación herida por huracanes y, ahora, por un terremoto que llegó con la fuerza de 30 bombas nucleares, y partió la tierra, el 12 de enero.

En las cinco horas de vuelo, desde Quito hasta Santo Domingo, en la República Dominicana, revisaba apuntes sobre la historia de Haití, sobre la violencia política, particularmente tras el golpe de estado militar de 1991, y la crisis de 2004 que forzó a la intervención de los cascos azules de las Naciones Unidas. Las noticias de muerte que de esa guerra civil llegan al Continente me perturbaban, sentado en las incómodas lianas del Hércules de la Fuerza Aérea.

Santo Domingo y Puerto Príncipe están separados por seis horas en carro. “En el viaje vas a ver que aquí hay verdor, allá nada”, me advertía Manuel, un dominicano. La división de fronteras parece hecha con bisturí. Al cruzar Haití se debe retroceder una hora el reloj. El idioma, la moneda y las costumbres son diferentes.

Para entenderlo hay que retroceder a tres siglos. Haití se independizó de Francia en 1804; un hecho sin precedentes en América, los esclavos africanos tenían su propia nación. Dos décadas después, su Ejército sometió a toda la isla Española, incluido el territorio de lo que hoy es República Dominicana. Fueron 22 años de dominación hasta que los dominicanos consiguieron llevar a los haitianos hasta el oeste de la antilla.

En la frontera binacional, el viento levanta un delgado polvo blanco que lija los ojos. Los militares dominicanos vigilan implacables una puerta de metal, en el lindero que también tiene alambradas de púas y rostros de hambre. Los militares visten camuflaje para el desierto (blanco con café), usan gafas oscuras, pañuelos que cubren su boca y nariz y evitan el paso de los haitianos, que por cientos buscan cruzar la frontera o estiran los dedos en busca de alimento. Como si fuera una zona de guerra, los soldados cargan al hombro fusiles automáticos. Ellos verificaban que cada haitiano que intente cruzar por la frontera tenga su visa.

Al otro lado de la cerca, luego de cinco minutos de camino, aparece el agua cristalina del lago Azuie. Su imagen es una postal, la carretera blanca bordea ese espejo de agua color turquesa. Su belleza es también un peligro, su agua tan salada como el mar, se ha comido la tierra y ahora solo hay espacio para la estrecha vía. Al horizonte se divisan las montañas que han sido minadas por los lugareños para sacar material de construcción. Los cortes son profundos y la sensación que provocan es que todo está por colapsar.

“Nosotros también somos víctimas”, decía un cartel pegado a una casa de cemento, en las afueras de Puerto Príncipe. La puerta de esa vivienda era una tienda de carbón y gasolina, vendidos por una mujer. Los haitianos han talado sus bosques para conseguir leña. Ellos son nueve millones de personas en 27 000 kilómetros cuadrados y usan el carbón para cocinar. Un axioma perverso: si no cortan un árbol no comen.

Al este de Haití la fuerza del terremoto llegó con mesura. Pero sus habitantes también se sienten víctimas de una devastadora clase política y de una deuda externa agobiante que llega a los 1 200 millones de dólares.

Un relator de la ONU, Cephas Lumina, clamó por el perdón de esa deuda, cuyo 70% está en manos de organismos como el Banco Mundial, el Banco Interamericano de Desarrollo y el Fondo Monetario Internacional. Lumina cuestionó al FMI por un préstamo de USD 114 millones pagaderos luego de cinco años y medio. “Haití necesita ayuda sin condiciones, no préstamos”.

Ayuda sin condiciones. “Y sin priveligios”, añado yo. La supervigilada sede del contingente multinacional que, desde el 12 de enero, llega con ayuda a las víctimas del cataclismo parece un oasis en esa tierra. Allí, funcionarios de la cooperación internacional socorristas y periodistas extranjeros pueden comer pollo o carne con papas a la francesa y una coca cola o una cerveza americana heladas. Hay comunicaciones directas con el mundo. Hay periodistas que corren cuando llega alguna autoridad o uno de los miles de embarques de donaciones. Hay otros que se aventuran y se adentran, con motos y vehículos, en el oeste de Puerto Príncipe, en busca de historias humanas.

Allí, en los barrios destruidos, los haitianos apenas sobreviven. Abundan las largas filas en procura de una bolsa de arroz, agua o algo para llenar el estómago cada día. La espera y el calor agotan. ¿Hasta cuándo? Creo que no por mucho tiempo.

Aunque cada mañana Puerto Príncipe parece revivir. La claridad acompaña el renacer de los haitianos entre los escombros. Los carros multicolores de los haitianos que al menos ahora encuentran combustible recorren las calles, que no sufrieron mayores daños. En las aceras se expenden elaboradas artesanías de metal; su orgullo nacional, las pinturas naif; tarjetas de celular; ropa; y, últimamente, carne asada. ¿Carne de qué? No importa, cualquier cosa sirve para ganar algo de guordes, su moneda nacional, o dólares, de clientes extranjeros. A esas horas, no hay el caos que muestra la TV.

Pero, al final del día, todo cambia. A las siete el sol se pone por el oeste y la noche oculta hasta al asfalto. Han pasado varios días desde que la tierra retumbó desde sus entrañas y lo cambió todo. No hay nada seguro. Los padres cuidan las casas que no se llevó el cataclismo, pero sentados en la acera, rodeados por velas que se extinguen rápido. Sus viviendas son tan frágiles como gelatina y no pueden entrar, pero tampoco están dispuestos a perderlas. Las mujeres y niños duermen a la intemperie, porque allí se sienten protegidos. Los vecinos se tomaron los parques, canchas y todo lugar sin techo. Las horas pasan y cientos de personas deambulan por las calles. Hasta sus pasos son tristes, son almas en pena.

Katia es una de ellas. Camina sin rumbo; busca algo de comida en las calles. Sus padres tuvieron que soportarlo, aunque la angustia los devoraba.

En las calles, por 1 500 pesos dominicados (unos 40 dólares) una adolescente se puede ir junto a un hombre que jamás conoció. Pero esta noche Katia, una chiquilla de 18 años, se encuentra con el equipo de una ONG, que la lleva a un campamento y al otro día la conduce a casa con agua, comida, un catre y utensilios de aseo.

La sonrisa de su padre parece inagotable. Al salir de Haití pensé en llevarme para mí esa alegría. Pero en el fondo de la mirada de ese hombre hallé resignación. Sabía que la ayuda solo bastaría para un par de días y que el destino de Katia sería volver a las calles, con cada anochecer, en busca de fortuna. Quisiera ser una computadora y aplastar la tecla de borrar, pero esa imagen me perturba, como el reclamo de aquel muchacho. "No me tomes fotos, dame agua".

Coca-Cola abrió la cuenta número 5471872100 del Banco Pichincha a nombre de la Cruz Roja Ecuatoriana-Consulado Haití.

Banco Bolivariano abrió la cuenta corriente 5005041599 a nombre de la Conferencia Episcopal Ecuatoriana.

• En Supermaxi y Megamaxi la donación se puede hacer en las cajas de todas las localidades en el país, en efectivo o con tarjeta de crédito.

Banco Promerica abrió la cuenta 6911911911 del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas. “Tu contribución es importante, no importa la cantidad”, dice el mensaje.

• Diners Club y Unicef Impulsan una campaña. Los aportes se pueden hacer a través del botón de pagos en www.dinersclub.com.ec; llamando al ‘call center’ 298 1400; enviando un mensaje de texto al 6466 con la palabra Haití o mediante depósitos en la cuenta de ahorros de Unicef número 4705390400 de Banco Pichincha.

• Defensa Civil. Para comunicarse puede llamar al 254 9119, 255 8064, 252 8232, en Quito.

• Si tiene una línea de telefonía celular con Movistar, debe enviar la palabra AYUDA al 1201. Por cada mensaje, se donará $1.12 para Haití.

 
 

Créditos: Reportaje, fotos y video: Christian Torres - Diseño - EL COMERCIO.

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