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<title>elcomercio.com - 6 de Diciembre</title>
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<description>Información de EL COMERCIO al instante</description>
<language>es</language>
<category>Website News</category>
<lastBuildDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</lastBuildDate>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
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<copyright>Copyright 2008 Grupo El Comercio | Todos los derechos reservados</copyright>
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<title>La capitalidad es un imán humano</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<html><body><img src="http://www.elcomercio.com/nv_images/fotos/2008/12/ec05_especial.jpg"/><br><br><P><EM>Redacción Quito</EM><BR><BR>No conocía a nadie y se sentía perdida en la ciudad. Victoria Mosquera, con apenas 12 años, dejó su natal Esmeraldas para marcar una diferencia en la familia: estudiar  en  la capital y ser secretaria.<BR><BR>La mujer, que conserva un marcado acento porteño, llegó en 1967 a un departamento de la Selva Alegre y América, el cual se convirtió en su hogar por 15 años. “Los dueños de casa eran una pareja joven de recién casados que acogían a los estudiantes de provincia. Yo estaba sola”, relata la mujer de ojos oscuros. </P>
<DIV class=inserto><STRONG>La mayoría de habitantes es mujer<BR>Según el último</STRONG> censo del INEC, en Quito residen 1, 8 millones de personas. De ellas, 947 283 son mujeres y 892 570 son hombres.    <BR><STRONG>La Dirección</STRONG> de Planificación del Municipio señala que el Distrito tiene 422 000 hectáreas. 411 051 lotes están registrados en la ciudad.  <BR><STRONG>Quito tiene</STRONG> 34 000 hectáreas    urbanizadas. Se incluyen  los valles de Tumbaco, Los Chillos y Pomasqui, y cabeceras cantonales.<BR><STRONG>En el Distrito</STRONG> Metropolitano hay una prohibición para urbanizar 386 000 hectáreas, según la Dirección de Planificación del Municipio.<BR><STRONG>Para el 2025,</STRONG> el área urbanizable no deberá superar las 40 000 hectáreas, según las proyecciones de la Dirección de Planificación. <BR><STRONG>El 40% de quiteños</STRONG> tiene un padre quiteño. El resto de habitantes no tiene padres nacidos en la capital.</DIV>
<P>“Era muy niña y todo cambió, porque mi mamá no estaba cerca”, dice, 41 años después. “Pero cumplí un sueño: ser periodista. Pude volver a mi ciudad, pero no había universidad para esa profesión”, sentencia Mosquera, comunicadora institucional de la Empresa Metropolitana de Alcantarillado y Agua Potable de Quito.   <BR> <BR>Según el analista político Vladimir Serrano, la centralidad académica es causa de los movimientos migratorios en la ciudad desde el siglo XVI, con la creación de la Universidad de San Fulgencio y de los colegios San Andrés y San Luis. “Esto causó el crecimiento poblacional. También llegaron burócratas que  conformaron  la clase alta”. <BR><BR>Pero desde que Quito  adquirió el carácter de capitalidad no soportó una carga de inmigración tan alta como la vista en los setenta, con al boom petrolero.  Fernando Carrión, académico de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso),  sostiene que desde esa época “Quito creció descontroladamente  y se multiplicaron las invasiones  de tierras por la demanda de  suelo”. <BR><BR>Diego Carrión, director de Planificación Territorial del Municipio, explica que esa migración significó pasar de 500 000 habitantes a cerca de 1 millón. “Quito fue  la esperanza para el trabajo y para el  estudio de mucha gente”. <BR><BR>El poeta ambateño  Iván Oñate se guió por esa lógica. En 1967 arribó a la capital para estudiar Arquitectura. “En aquellos tiempos, el viaje de estudios a Quito era obligado y la Universidad Central era la única que  ofrecía buenas carreras”. El recuerdo que tiene Oñate  de las épocas colegiales es de las “vaciladas que   hacían los colegiales del  Mejía o del Montúfar a los chagras, a las cuales tampoco podía eludir”.     <BR><BR>Chagra es un término  indígena que significa  zona de tierra para cultivar, refiere Serrano, quiteño y descendiente de próceres del Primer Grito de la Independencia de 1809. “Esta expresión se originó  a finales del siglo XVII y servía para diferenciar a las personas que venían desde Loja, Popayán, Zaruma, Barbacoa...”.<BR><BR>A Mosquera nunca la llamaron chagra, pero sí le decían la monita y ella odiaba ese apelativo. “Las personas de la Costa siempre somos más alegres, extrovertidas, pero nunca celebré que me digan así, me parecía  muy ofensivo”.  <BR><BR>A Christian Cadena no le afecta que lo llamen chagra. El joven de 25 años llegó hace ocho años desde Tulcán para estudiar Ingeniería en Turismo. “Tampoco me molesta que me digan pastuso, estoy orgulloso del lugar donde nací”, dice el guía turístico de la agencia de viajes Ceos.<BR><BR>Según el censo del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC), 305 393 personas de otras provincias llegaron hasta el 2001 a vivir en el Distrito Metropolitano.<BR><BR>Fernando Carrión identifica, en la actualidad, cuatro tipos de inmigración. Tres ocurren en espacios determinados de tiempo. “En fiestas de Navidad, días de feria o cuando las personas buscan servicios básicos como hospitales”. El otro tipo es de quienes hacen su vida aquí por estudios, cargos burocráticos o tareas políticas. En Quito está el Legislativo.  <BR><BR>Alfredo Proaño, de 76 años, siguió Derecho en la U. Central y se quedó. El padre de siete hijos, abuelo de nueve nietos y bisabuelo de dos niñas asegura que la mejor decisión de su vida fue llegar a la capital.<BR><BR>“El éxito o fracaso dependen de la tenacidad y del esfuerzo que uno imprima. Quiero a esta ciudad como mía, porque  aquí hice mi vida y mi familia. Soy un chagra orgulloso”.<BR><BR>Fernando Guevara sostiene que encontró el éxito gracias a que arribó a la ciudad, en 1979. “Estudié Arte  y quise estar cerca de la Casa de la Cultura y de las galerías. Me gusta la publicidad y sabía que aquí  estaban las posibilidades de surgir”, dice el propietario de la imprenta Noción. <BR><BR>Guevara, nacido en Atuntaqui, proviene de una familia humilde que se dedicaba al campo. Tenía 18 años cuando llegó a Quito, decidido a aplicar sus habilidades. <BR><BR>“Siempre me he sentido orgulloso de mi tierra, pero cuando terminé el colegio decidí venir a la gran ciudad”. Solo requirió 15 días para conseguir un empleo como dibujante.   <BR><BR>El hombre imbabureño ha logrado posicionarse como empresario. Tras 29 años,  se declara “un chagra enamorado de Quito. Mientras más recorro la ciudad  más la amo. Y la quiero por  todo lo que me ha dado. Aquí me casé y nacieron mis hijos”, dice con un español bien cerrado; porque aún  arrastra la r .</P></body></html>]]></description>
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<title>Quito careció de servicios hasta el siglo XX</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<EM>Redacción Quito</EM>  <BR><BR>Si Quito es la capital de Ecuador no es gratuito. En 474 años, desde su fundación, demarcó un camino de rebeldía y de cambio, que llegó a un punto alto con el Primer Grito de Independencia, cuyo Bicentenario se celebrará en agosto del 2009.   <BR><BR>Antes de ese proceso, durante los siglos coloniales, Quito se convirtió desde 1534 en la capital de la Real Audiencia, el centro  de la vida política, administrativa, fiscal e incluso cultural de la región. Esto último porque en la ciudad funcionaban tres universidades: San Fulgencio, San Gregorio Magno y Santo Tomás de Aquino. De esta última nacerá la  Universidad Central.<BR><BR>Según el historiador Juan Paz y Miño, Quito es la ciudad que más iglesias de la época conserva; están en el casco colonial más antiguo y  grande entre los latinoamericanos. “Desde la Colonia, Quito no ha perdido el sentido de capital histórica del Ecuador, porque si vemos antes, en el Tahuantinsuyo, Quito fue la segunda capital del imperio inca”, señala. <BR><BR>De ahí que  estudios recientes revelen que la ubicación de las iglesias fue marcada por la lógica inca. Hugo Burgos, antropólogo, sostiene que la iglesia y la plaza de San Francisco fueron construidas sobre los aposentos de Huayna Cápac, los cuales iban desde el actual atrio hasta el cerro de El Placer. <BR><BR>El desarrollo de la ciudad en los últimos seis siglos se plasmó en todos los ejes. Al inicio de la época colonial, Quito iba desde San Sebastián, en el sur, hasta San Blas, en el norte, y entre el cerro de El Placer, en el oeste, hasta la Loma Grande, en el este.    <BR><BR>Las casas de carrizo restauradas en el Centro Histórico fueron construidas bajo un concepto, según Burgos. “Los terremotos hicieron que la arquitectura busque afrontar los terremotos, con casas bajas, techos de carrizo y muros gruesos”.<BR><BR>En esas viviendas, la única luz que alumbraba en las noches era la que provenía de las velas de sebo de animal. Así lo refiere Sofía Luzuriaga, historiadora, quien agrega que  esos utensilios eran menos costosos que las velas que se importaban desde Castilla. La costumbre perduró dos siglos, pese a que el olor   era intenso.<BR><BR>Recién en 1883 se creó la primera Ordenanza de Alumbrado Público por querosén; y un año después, en 1884, se contrató a una empresa para que implante la modernización en el servicio. Un año más tarde, la Plaza de la Independencia recibió ese alumbrado por primera vez, pero solo duró dos semanas, en el período de las fiestas de Inocentes.  <BR><BR>En el actual siglo XXI, con la recuperación del Centro Histórico -desde el 2002- las noches del casco colonial muestran cúpulas  iluminadas y calles copadas de turistas que buscan apreciar el legado arquitectónico. <BR><BR>Pero esa no fue la única herencia de la Colonia. Paz y Miño apunta que la división de clases, que perdura hasta ahora en Quito, fue el saldo negativo.  <BR><BR>En los primeros siglos del coloniaje, la población sumaba 5300 personas, pero esos quiteños no tenían acceso a servicios básicos de calidad. Luzuriaga, quien realizó un estudio sobre el desarrollo de la higiene en Quito, sostiene que entre los siglos XVI y XIX el agua que servía a la ciudad  bajaba de las vertientes del Pichincha, en un canal abierto. <BR><BR>“El agua se contaminaba al descender, porque mucha gente lavaba la ropa en las acequias y otros hacían sus necesidades”. Agrega que en la época los quiteños padecían de pujos, cotos e hidropesía, por el consumo de agua cruda, no potabilizada. <BR><BR>El líquido que abastecía a Quito mejoró en 1909, cuando se firmó un contrato con una casa alemana para construir las plantas purificadoras de El Placer. Según la estudiosa, cuatro años más tarde Quito tuvo agua potable, pero una distribución limitada al perímetro urbano.<BR><BR>Para Burgos, en la época colonial Quito no era solo el Centro Histórico, sino también el área rural conformada por haciendas. Estas casonas  estaban repartidas en lo que ahora es Chillogallo, Guamaní y La Magdalena. <BR><BR>Incluso, en el siglo XIX, la ciudad se extendía hasta Cotocollao, en el norte. Las tierras del norte fueron apetecidas por la aristocracia quiteña, la cual salió del Centro. Para el siglo XIX, en Quito vivían alrededor de 60 000 habitantes. Un siglo después fueron 80 000, y, para 1950, la población llegó a 111 000 moradores.<BR><BR>Los historiadores coinciden en que Quito es el eje de inicio de la independencia y del Bicentenario ecuatorianos. Paz y Miño recuerda que a la Batalla de Pichincha, del 24 de Mayo de 1822, llegaron soldados de Venezuela, Colombia, Chile... “Fue la primera prueba para la integración”.]]></description>
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<title>Las leyendas se atan a la urbe actual</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
<link>http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_noticia=241242&amp;id_seccion=226</link>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<P><EM>Redacción Quito</EM> <BR><BR>El padre Almeida y el bohemio Ramón Ayala no se conocían, pero los dos compartían el mismo gusto por la bebida y las parrandas. <BR><BR>En especial, en las corridas de toros que se hacían en la Plaza Mayor, frente a la casa 1028 (donde vivía Bella Aurora) y al pie del gallo de la Catedral, siempre listo para castigar a quienes trataren de faltarle al respeto.               <BR><BR><STRONG>La Casa 1028</STRONG></P>
<P>Abrió  los ojos y sintió sudor en la frente. Tardó unos segundos, antes de darse cuenta de que había tenido una pesadilla. <BR><BR>Bella Aurora soñó que estaba en una corrida  de toros y que un imponente animal,  con una mancha blanca en la frente, le embestía.<BR><BR>La pesadilla se repitió hasta que hubo  una corrida real,  a la cual  la joven quiteña asistió.  Se desmayó al ver al mismo  toro del sueño. Entonces, la llevaron a su casa, la 1028, pero el toro la siguió y le destrozó el pecho con sus cuernos  en su propia habitación.  <BR><BR>En el lugar donde la pesadilla cobró vida, ahora se levanta el edificio Guerrero Mora. En vez de su habitación, funciona  un centro de mesoterapia y  los siete pisos lucen llenos de estudios jurídicos. <BR><BR>La terraza  sirve como mirador. Desde allí se admira el Palacio de Gobierno, el Municipio y la  Catedral, en cuya cúpula más alta brilla la figura de un ave de hierro.<BR><BR><STRONG>El gallo de la Catedral</STRONG></P>
<P>¡Gallo ridículo! ¡El único gallo de Quito soy yo! El eco de estos agravios se hizo habitual por las madrugadas, en la Plaza Grande.<BR><BR>Era Ramón Ayala, un bohemio  apostador que pasaba las noches en la fonda de   doña Marianita. Allí se vendían  mistelas, hechas de licor y leche. No dejaba el sitio hasta que se le subían a la cabeza. Al regresar a casa, pasaba por la  Catedral. ¡Ave de tontería!, decía al gallito que la adorna.<BR><BR>Una noche, sintió un aleteo sobre la cabeza y vio junto a él al ave que había dejado su sitio. ¡No vuelvas a tomar ni a insultarme!, le dijo dándole un picotazo. <BR><BR>Ramón corrió y, desde entonces,  sus gritos dejaron de escucharse. Aunque ahora los vecinos de la Plaza aseguran que fueron reemplazados por otros. Los de los indigentes que  rondan el sector.<BR><BR>“Cerramos antes de las nueve para evitarlos”, señala José Mesa, administrador de la cafetería Guayaquil, al pie de la Catedral. Destaca que la rehabilitación del Municipio, desde el 2002, mejoró el rostro físico.<BR><BR>El gallito está bien iluminado por las noches y quienes caminan de norte a sur pueden observar también, al fondo, la Virgen de El   Panecillo; el lugar donde se descubrió la mazorca de oro.<BR><BR><STRONG>La mazorca de oro</STRONG></P>
<P>Cuando El Panecillo era un gran pastizal, ella llevaba a su vaquilla al  lugar para que se alimentara. La leche que la res le proveía era  su único sustento y por eso le tenía un afecto especial. <BR><BR>Una mañana, la vaquilla se perdió en una de las empinadas cuestas del cerro y su dueña salió a buscarla. Halló una cueva y dentro de ella, una linda mujer. <BR><BR>Ella no había visto al animal, pero  al verla tan desesperada le ofreció su ayuda. Puso en sus manos una mazorca de maíz y le dijo que salga al mismo lugar en donde  vio a la vaquilla por última vez.<BR><BR>Al llegar, el animal estaba pastando. Miró la mazorca, como buscando una explicación de lo ocurrido, y se llevó una sorpresa mayor al descubrir que el regalo se había teñido de oro. <BR><BR>“Muchos antepasados escondían su dinero en la tierra. A estos tesoros se los conocen como entierros y de eso habla la leyenda”, dice  el librero de la ciudad.<BR>El librero de  la ciudad</P>
<P>Su nombre de pila es Édgar Freire y es una leyenda  viviente de Quito. Se lo encuentra por las mañanas en la Librería Española, ubicada en la av. 10 de Agosto, frente al parque de El Ejido.<BR><BR>Es más que un vendedor de libros, pues como él mismo reconoce, el verdadero librero es quien puede entablar una conversación con los clientes sobre cualquier tema o libro de los que se hallan en el lugar. Incluso de los que él mismo escribió, pues tiene 14 obras, la mayoría dedicada a la capital.<BR><BR>La más destacada es: Quito Tradiciones, Testimonio y Nostalgia. Son cinco tomos en donde se recogen las principales leyendas de la urbe. Entre ellas, la del cura pícaro  del convento de San Diego.<BR><BR><STRONG>El padre Almeida</STRONG><BR> <BR>Quienes lo conocían sabían que la disciplina no era su mayor  virtud. Manuel de Almeida era el seminarista más rebelde de la orden de los franciscanos.  <BR><BR>Escapaba todas las noches  de las rígidas normas de su convento, en San Diego, y se embullía en los placeres de las serenatas, las apuestas y la bebida. Un día, cuando sus superiores colocaron seguros en todas las puertas, Almeida encontró una salida en la capilla de la Iglesia. <BR><BR>Utilizó un Cristo de cuatro metros de altura  como escalera, para salir por una ventana. Escapó por el sitio más de una noche, hasta que el Cristo, cansado de su osadía, lo retó: “¿Hasta cuándo padre Almeida?”. Y el  irreverente replicó: “Hasta la vuelta Señor”.<BR><BR>Al regresar esa noche, Almeida vio en el Centro a un grupo de padres que caminaba con un ataúd. Vio el féretro y se encontró con él mismo, sin vida. Regresó al convento, pidió perdón a la escultura de madera y no volvió a escapar.<BR><BR>El Cristo  todavía está en la sacristía de San Diego. La ventana por donde escapaba fue sellada y ahora es ocupada por una figura de San Sebastián, un soldado romano que no acató las órdenes de sus superiores, como Almeida.<BR><BR>El párroco de San Diego, John Castro, asegura que Almeida existió, pero no como se lo pinta. “El padre iba a las cuevas del volcán Pichincha a orar con su guitarra y regresaba pasadas las 18:00. La gente  pensaba que venía de las parrandas. Además, era imposible que pudiera escapar”.<BR><BR>Castro argumenta que la ventana de la  leyenda no da a la calle, sino a un corredor. “Para poder salir tenía que saltar dos paredes y hubiera tenido que contar con otro Cristo para volver”.<BR><BR><STRONG>La torera de Quito</STRONG></P>
<P>El librero de la ciudad conoció al personaje. Solía caminar por la av. 10 de Agosto. Tenía un sombrero de ala grande, vestido floreado, tacos altos, paraguas y un silbato para detener el tránsito. <BR><BR>“La vestimenta cargada de rasgos coloniales hizo que los niños de la ciudad la apoden como  torera”. Con frecuencia, cuando le molestaban, solía perseguirlos por las estrechas calles del Centro. Nunca los alcanzaba, pero la persecución se había convertido en un juego para los pequeños. <BR><BR>La hermana Isabel Játiva, del Hogar de Ancianos Corazón de María, recuerda esos días. Hace 30 años, ella era una de las niñas que molestaba a la torera.<BR><BR>“Su salud mental no era buena. Se creía dueña de Quito. Comía en los hoteles más lujosos  y quería que la traten como reina”.<BR><BR>Játiva la conoció cuando tenía 9 años y, luego de convertirse en religiosa, volvió a verla en el hogar de ancianos, cuando la torera tenía más de 80 años.  Allí pasó sus últimos días  antes de morir.<BR><BR>Su compañera de estancia, Lola Paguay, de 81 años, recuerda que en las fiestas de la ciudad era común observarla en la calle elogiando a la urbe. “Nos hacía cantar a todos, porque decía que a Quito hay que tenerle respeto”.</P>]]></description>
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<title>Sebastián de Benalcázar trazó la villa colonial</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<EM>Redacción Quito</EM><BR><BR>A mediados de 1534, los españoles se encontraban empleados a fondo en la invasión y control del antiguo Perú. Sebastián de Benalcázar, uno de los capitanes de Francisco Pizarro, abandonó su sitio de guardia con el pretexto de detener a una expedición española, comandada por Pedro de Alvarado, proveniente de Centroamérica, para ir hacia el norte y apoderarse de los territorios de Quito, que según había escuchado en los relatos aborígenes eran muy ricos y poblados.<BR><BR>La Guía de Arquitectura de la Ciudad, publicada por la Junta de Andalucía en el 2004, lo reseña. Según el documento, Benalcázar, después de derrotar en varias batallas a las tropas indígenas, llegó a la zona equinoccial y al sitio indígena de Quito, pero lo encontró incendiado y sin riquezas, pues el cabecilla indígena, el guerrero Rumiñahui, prefirió destruir el lugar, antes de dejarlo en manos extranjeras.<BR><BR>Benalcázar continuó su frenética expedición y pasó a El Quinche y luego a Caranqui, unos 80 kilómetros al norte de Quito, donde un emisario de su superior, Diego de Almagro, le exigió regresar al centro del país, para unir sus fuerzas y enfrentar a la expedición de Pedro de Alvarado, que había desembarcado en la Costa central del actual Ecuador y estaba por llegar a la Sierra, con la intención de tomarse Quito.<BR><BR>En esas circunstancias, Almagro decidió efectuar la primera fundación de un poblado español en el actual Ecuador, a nombre de Pizarro, en primera instancia con el propósito de demostrar un hecho jurídico consumado frente a la otra expedición española.<BR><BR>El 15 de agosto de 1534 se estableció la ciudad de Santiago de Quito, en la Sierra centro. Alvarado, que había sufrido grandes penalidades  durante su travesía por las selvas tropicales de la Costa, renunció a sus pretensiones y firmó un acuerdo con Almagro, quien, para consolidar su poder, fundó desde la ciudad de Santiago de Quito la villa de San Francisco de Quito, el 28 de agosto. <BR><BR>En esa ocasión, encomendó a Benalcázar el establecimiento de la nueva población en el territorio escogido, 150 kilómetros al norte, en el sitio del “pueblo que en lengua de indios ahora se llama Quyto”.<BR><BR>Cien días después, Benalcázar llegó por segunda ocasión a Quito y el 6 de diciembre de 1534 estableció la villa de San Francisco, en la que se avecindaron 204 conquistadores.  El lugar creció en habitantes y se convirtió  en punto de partida de nuevas expediciones. <BR><BR>Desde ella se fundaron, entre otras ciudades, Cali y Popayán, en el norte (en el sur de la actual Colombia); Portoviejo y Guayaquil, en el oeste;  Cuenca y Loja, en el sur, y Baeza, Ávila y Archidona, en el este.<BR><BR>Desde Quito partió en 1541 la expedición de Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana, que culminó con el descubrimiento, por este último, del río Amazonas, el 12 de febrero de 1542.<BR><BR>El 14 de marzo de 1541, por Cédula Real, Quito adquirió la categoría de ciudad y el 8 de enero de 1545 se erigió el Obispado, reconociéndose de esta forma su importancia como centro de evangelización. El 29 de agosto de 1563, el Rey Felipe II creó la Audiencia Real y Presidencia de Quito, con una jurisdicción que abarcaba una superficie de al menos cinco veces más que la del actual Ecuador.<BR><BR>Dos semanas después de la erección de la villa, Benalcázar trazó la cuadrícula de calles y cuadras; distribuyó los solares para fundadores  y para las comunidades religiosas de San Francisco y La Merced. Fijó dos ejidos, uno en el norte, en la llanura de Iñaquito, y otro en el sur, en Turubamba, y en el valle equinoccial de Pomasqui distribuyó las primeras estancias de pan llevar.<BR><BR>La Plaza Mayor, tradicionalmente llamada Plaza Grande, se ubicó al borde de la quebrada de Sanguña. En el espacio libre entre la plaza y el desfiladero se entregaron los solares para la construcción de la iglesia mayor, luego sustituida por la Catedral. Haciendo centro en ella y hacia los puntos cardinales se ubicaron en los siguientes lustros las iglesias y conventos de frailes, formando una cruz sobre la ciudad.]]></description>
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<title>La tuna quiteña</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<P><STRONG>Paco Godoy, compositor</STRONG><BR><BR>Quito es la ciudad más cantada en el mundo y La tuna quiteña es una muestra del cariño a esta urbe.<BR><BR>La melodía es una vivencia personal del autor, Leonardo Páez, inmortalizada en esta canción. Quintana, personaje de la canción, era Avelino Quintana,  dueño de la fonda bar El desafío, en la av. 24 de Mayo, entre Imbabura y Cuenca, junto al cine Puerta del Sol. <BR><BR>Otra estrofa habla de los curcos Víctor. Era el dúo de los hermanos Andrade, quienes animaban la fiesta. El estribillo también alude a Tránsito Román, el amor imposible del autor. <BR><BR>Este pasacalle  debe ser Patrimonio Cultural, porque, al igual que otros, da cuenta de una época y cierto tipo de costumbres.<BR><BR><STRONG>Balcón quiteño. Lola Guevara, cantante</STRONG><BR><BR>Los balcones eran los sitios de socialización de nuestros padres y abuelos, por eso esta canción. En esos espacios nacieron historias, amores... son un símbolo de la cultura.<BR><BR>Imagino la época en que se creó la canción. Veo a uno de los tantos chullas Romero y  Flores caminando por las calles de la ciudad antigua, viendo en uno de sus balcones a la mujer que le gustaba, galanteándola o dándole serenatas... Ahora las mujeres ya no se asoman a los balcones. Los referentes para la galantería de los jóvenes son otros.<BR><BR>Sin embargo, es bonito mantener el recuerdo de las tradiciones de antaño. Incluso, antes, por fiestas de Quito, era tradicional adornar el balcón. Esa costumbre  debe rescatarse.<BR><BR><STRONG>Romántico Quito mío. Hipatia Balseca, cantante</STRONG><BR><BR>Los compositores eran muy románticos. Por eso ya no se oyen nuevas canciones como Romántico Quito mío.<BR><BR>Esta canción da cuenta de que el autor quería cantarle a Quito como si se tratara de una amada mujer. Al leer la letra vemos que está llena de halagos, amor, romanticismo y cariño a la ciudad.<BR><BR>Hoy no hay compositores que creen canciones tan sencillas  para a la ciudad y menos con el sentimiento de antes. Por eso estas viejas joyas se preservan. La lógica de ese romanticismo seguramente respondió a la época, donde los hombres eran más caballeros y galantes. <BR><BR>Comparto la letra. La gente que viene a Quito se enamora de ella. El encanto de esta ciudad fue y es único, de allí este tipo de canciones.<BR><BR><STRONG>Lindo Quito de mi vida. Felipe Jácome, cantautor<BR></STRONG><BR>Lindo Quito de mi vida me parece una canción hecha con una visión desde fuera de la ciudad. El autor, el compositor babahoyense Custodio Sánchez, seguramente vivió en otras partes, pero sin duda que en la letra se nota que Quito fue la tierra de su vida.  <BR><BR>Tal vez el cielo lo impactó más que la propia ciudad. Los paisajes que se ven cuando se oculta el sol, hacia el oeste, no tienen parecido. Probablemente con este ritmo se refiere más a una forma de ver los adornos naturales.<BR><BR>En contraste, por ejemplo, El chulla quiteño tiene una letra más descriptiva y cercana al capitalino, por eso su impacto e historia han sido distintos. El chulla quiteño es más una lectura descriptiva desde dentro.<BR><BR><STRONG>Viva Quito. Claudio Jácome, compositor</STRONG><BR><BR>Esta canción estuvo escondida por largo tiempo. Cuando se hizo un arreglo especial, hace 16 años, empezó a sonar y ahora es como el himno de las fiestas de Quito.<BR><BR>La gente la canta con efusividad en todas partes. Eso se explica por el contenido de su letra. Cuando uno sigue la letra, escucha una especie de oda a la ciudad. Donde sea que la toque, la gente la reconoce y la corea.<BR><BR>La Banda Municipal fue una de las primeras en tocar Viva Quito, también conocida como Quito, edén de maravillas. <BR><BR>Pero fue desde que el grupo Contrapunto la interpretó, que el público la pide. No hay fórmula para saber qué va a gustar. En este caso, el éxito de la melodía está en el contenido de su letra.<BR><BR><STRONG>Qué lindo es mi Quito. Christian Mejía, músico</STRONG><BR><BR>Esta canción me evoca el sentimiento de cariño y nostalgia que son clásicos del repertorio quiteño. Personalmente, la letra de Qué lindo es mi Quito me remite a los días de mi infancia, cuando aprendí estas canciones justo en época de fiestas de Quito.<BR><BR>Lastimosamente, el inicio de diciembre es el único espacio que ha quedado para este tipo de  música. Nos hemos olvidado de que somos quiteños el resto del año. Esta canción tiene que ver con la ciudad, como muchas otras, sugiere que desde el suelo de Quito se pueden ver las estrellas de una forma diferente. <BR><BR>Creo que un quiteño que esté fuera de la ciudad se llenará de nostalgia recordando su terruño si escucha este tema.</P>]]></description>
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<title>El quiteño tiene sus refugios antiestrés</title>
<pubDate>Sun, 7 Dec 2008 22:24:00 GMT</pubDate>
<link>http://www.elcomercio.com/noticiaEC.asp?id_noticia=241239&amp;id_seccion=226</link>
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<category>6 de Diciembre</category>
<description><![CDATA[<EM>Redacción Quito</EM><BR><BR>De lunes a viernes, fines de semana, no importa la hora ni el presupuesto, pero para millares no hay motivo para ir pronto a casa. Así lo cree Sandra  Martínez, estudiante de producción de TV.<BR><BR>La plaza El Quinde, más conocida como la Foch, en el norte de Quito, es su rincón al momento de salir con amigos para tomar un café, una cerveza o un cóctel. <BR><BR>“Es mejor decirles a los panas: ¡caigan a la Foch y allí vemos qué se hace! Así, cuando están todos, decidimos si ir a un restaurante o a una discoteca”, comenta,  junto a una de las piletas de la Plaza.<BR><BR>Según la Corporación Metropolitana de Turismo, en La Mariscal existen 112 bares y 33 discotecas. El crecimiento de estos negocios alcanza un 10% anual.<BR><BR>Martínez, de 23 años, cree que todavía falta difusión sobre los sitios de encuentro modernos. “En Quito ya existen cafés-galerías, donde se puede comer y admirar el arte, solo que la gente no los conoce”, dice la joven.<BR><BR>Para Germán Jaramillo, de 50 años, el bar Ghoz, ubicado en La Niña y Reina Victoria, es una opción distinta. Hay karaoke, futbolines. El acceso al lugar es una  barra que conduce a la escalinata. En la planta alta, las mesas de billar están copadas, mayoritariamente de hombres.<BR><BR>“También vienen mujeres, pero entre hombres se pasa mejor porque competimos, apostamos, tomamos unos tragos y se puede hablar sin tapujos”, dice Jaramillo, quien acaba de llegar de Miami a su ciudad natal después de dos años. “Quito  ha mejorado en sitios de diversión, pero en situaciones como el tránsito y la amabilidad ha retrocedido”.<BR><BR>El Ghoz atiende de martes a sábado, desde las 17:30. Juan Báez, administrador, señala que el bar se abrió hace 20 años. “El creador fue el suizo Urban Helvin. El nombre del lugar se deriva de su apodo, que significa fantasma”.<BR><BR>En 1986, a dos hermanos quiteños, quienes  prefieren guardar la reserva de sus nombres, se les ocurrió crear un bar-restaurante con el toque de los baqueros de Kentuky. Así nació la pizzería Western, que creció a cuatro sucursales. Al lujoso local de la  Eloy Alfaro y Portugal llegan hasta 250 personas, en días de fútbol. <BR><BR>Viviana Jácome es visitante frecuente. “Pensé que este lugar era una franquicia, por la decoración y la atención. Qué bueno saber que  es quiteño”, dice mientras come pizza en trocitos, acompañada por su novio.<BR><BR>Para satisfacer las necesidades de su edad Jorge Silva, de 36 años, creó en el 2006 el Flash Back. “Yo  viví intensamente la época de los ochenta, cuando estuve en el colegio San Gabriel, y creí que era importante compartir ese gusto con otras personas”.<BR><BR>Por USD 10 consumibles la gente puede observar un show de música en vivo. “Vengo cada 15 días con amigas para conocer gente que tenga mis gustos y mi estilo”, reseña Mercedes Recalde, moradora de La Carolina.<BR><BR>Para quienes gustan bailar al ritmo de La Fania, está la discoteca Seseribó, inaugurada hace 25 años en la av. Veintimilla. Joaquín Vallejo, administrador, dice que en esa época no había lugares exclusivos, solo las peñas y discotecas de rock y música comercial. <BR><BR>Los esposos María Aguirre y José Silva bailan un son en la pista lisa de tríplex. Ellos llegaron  desde Bogotá. “La pista está  bajo una cúpula y el sonido se queda ahí. En las mesas se puede conversar sin ruido. En Colombia no hay nada igual”, señala Aguirre.<BR><BR>Pero las distracciones no discriminan edades. Decenas de adultos mayores se escapan cada  tarde al estadio de Chimbacalle, en el sur, para jugar rumi, cuarenta, póquer, black jack...      <BR><BR>Leopoldo Núñez, de 66 años, se jubiló como policía metropolitano en el 2006 y desde entonces llega cada dos días, de 14:00 a 20:00, para apostar USD 0,10 en cada ronda de barajas. “No lo hago por  dinero, sino para olvidar problemas o ¿acaso los viejos no tenemos derecho a divertirnos?”.]]></description>
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