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En su casa y en su taller de costura ya no se escucha eso de la “perfección perfecta”, que solía decir Sonia García, fallecida hace un mes en la Clínica Gastromed. Hoy su familia la recuerda con una misa en el Camposanto Monteolivo.

Juan Ortiz, su esposo, cuenta que para fortalecerse se refugia en la Biblia. Tiene subrayado el Salmo 58, que pide el castigo de los malos, y se reconforta con la última frase del verso: “Hay un Dios que juzga en la Tierra”.

Desde que Sonia murió, Ortiz se ha convertido en un investigador dedicado a averiguar qué hicieron los cirujanos comandados por Máximo ‘Max’ Torres, el 21 de mayo, en el quirófano de Gastromed. “No tengo ninguna estrategia, pero como le digo a mi familia: ahora tengo un nuevo empleo, uno que me ocupa 25 horas”, dice frente al computador de su casa, donde guarda cada documento útil para el seguimiento del caso.

Atrás quedó su oficio como ingeniero informático y los viajes que hacía por el país para dar mantenimiento a las torres de telecomunicaciones. Sus dos hijos varones ahora dan parte de su sueldo para mantener la casa; el uno es ingeniero de alimentos y trabaja en una panificadora; y el otro es ingeniero comercial y está empleado en una aerolínea. “Les pedí a ellos que me apoyaran mientras esto pasa”, dice Juan.

La lucha por conseguir justicia está motivada por el amor que sentía por su esposa, junto a quien estuvo casi 30 años. Empezaron como amigos, cuando él tenía 24 y ella, 19. Al año de conocerse empezaron la relación de novios. “Nos conocimos en Prali, que era un instituto de inglés; un día llegó con unas lágrimas que le caían hasta el cuello y me contó que un amigo la maltrataba. Yo le dije que ese era el último día que la trataban mal”, cuenta

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Caso Gastromed

Juan Ortiz,  esposo de  Sonia García y su familia   están decididos a conseguir que la justicia sancione al equipo médico de  la  clínica donde ella murió

Este hombre sabueso, en su primer mes de trabajo descubrió los pagos que su esposa había hecho a Gastromed; uno de USD 4 000, con un cheque del Banco Internacional; y otro de USD 2 721, con su tarjeta de crédito Diners. “Ambos se hicieron el 10 de mayo, y mi esposa solo recibió un recibo de caja, ni siquiera una factura, por eso también denuncié a la clínica en el SRI”, dice.

Ortiz además tuvo que rendirse ante la evidencia de que su compañera había ingresado a la clínica para hacerse una manga gástrica y no para corregir su hernia hiatal, como él pensaba. Pero ya no hay tiempo para las recriminaciones. “Yo le decía que no se opere. La noche de su internamiento le dije que buscara otro criterio médico, pero ella me decía que sería gastar más dinero”.

Lleva una bitácora de su lucha en una página de Facebook (Apoyo contra la negligencia médica, que tiene 2 250 miembros) y se mantiene atento a todas las alertas. El viernes pasado, un amigo le llamó para decirle que había personas que entraban y salían de Gastromed. Ortiz y su hija Andrea no tardaron en llegar al sitio y encontrarse cara a cara con la esposa y el hijo del cirujano ‘Max’ Torres.

Las autoridades de salud habían permitido que las puertas de Gastromed se abrieran para sacar la basura que había motivado la queja de los vecinos. La esposa del cirujano había acudido en su papel de Gerenta de la clínica, y se llevó en su carro tres bolsas de basura contaminada.

Juan se mantuvo observante y registró en su cámara todos los movimientos. Cuando volvieron a cerrar la clínica se dio cuenta de que el sello de clausura de la clínica tiene una nueva fecha, el 4 de junio, y junto a él hay un par de oficios que explican que el cierre se debe al hallazgo de medicamentos caducados. Estos también fueron fotografiados y están en su computador.

Pero aunque ya no se escuche a Sonia en su casa ni en su taller de costura, su imagen aparece inmortalizada en varios retratos. Una Sonia sonriente aparece por toda la casa y en el que fue su sitio de trabajo. Incluso está en las camisetas y en el afiche gigante que la familia ha hecho para salir a los plantones.

Con cada visita que llega a la casa se vuelve a tocar el tema y Juan vuelve a contar lo que sabe hasta ahora. En algunas conversaciones comparte el dato de que hay unos 2 000 centros médicos en el país, pero que solo 1 200 alcancen una nota media de calidad. Eso lo sabe porque se ha reunido con Ivonne Martínez, directora de calidad de los servicios de salud del Ministerio de Salud.

Tras revelar estas cifras hace una comparación y un llamado de atención a las autoridades: “Me parece increíble que cierren universidades privadas porque no cumplen con los estándares de educación, y que no hagan nada por controlar a las clínicas que no tienen los recursos para precautelar la vida de las personas”.

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