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En todas las épocas, los padres y madres han cometido errores en la formación de sus hijos. La educadora colombiana Ángela Marulanda lanza esta afirmación y recalca que las equivocaciones de hoy se resumen en una frase: los padres dan demasiado poder a los hijos. Dice que se preocupan demasiado por ellos y en ese afán por verlos siempre felices y nunca sufriendo, les dan todo lo que ellos pidan, incluso las cosas que no necesitan.

¿Por qué, a pesar de hacer lo posible por ser mejores padres, nos sentimos tan culpables? ¿A qué se debe que ahora seamos unos padres tan sumisos? ¿Por qué nos sentimos culpables si trabajamos… y también si no lo hacemos? ¿Qué es lo que más temen los hijos cuando nos divorciamos? Estas y más preguntas se plantea la experta en relaciones familiares en la sinopsis de su nuevo libro ‘De la culpa a la calma’.

Marulanda estuvo en Quito y conversó con este Diario sobre su experiencia en esta materia. Recalca que los padres de hoy pertenecen a la última generación que obedeció y respetó a sus padres y son la primera generación que obedece y respeta a sus hijos. La experta cree que hay comportamientos de los padres que deben ser revisados y corregidos.

Ahora que empiezan las vacaciones de los chicos, tómese un tiempo para reflexionar sobre la relación que mantiene con ellos. No se sienta culpable si ha cometido uno o más de los errores que Marulanda califica como los más frecuentes, a continuación. Haga un esfuerzo e intente modificar sus actitudes, sobre todo si cree que estas perjudican el crecimiento y desarrollo de sus hijos.

1 ‘¿Quieres  cine o parque?’

Los padres permiten que los hijos tomen las decisiones desde muy pequeños.  Si van a salir a comer les preguntan qué quieren ellos y los complacen, sin negociar.  Si van de paseo a algún lugar,  ellos también eligen. Lo mismo pasa cuando van al cine, o van a ver televisión, ellos escogen la película, el programa que van a ver.
 
Esta situación se repite en todos los ámbitos en los que haya más de una opción y los padres no refutan las respuestas de sus hijos sino que los complacen sin dudar.  Poco  a poco se los mal acostumbra a que ellos son los que  mandan a sus padres.
 
Los niños  llegan a pensar que así como en casa sus padres les hacen caso, en la escuela su maestra y amigos también deben obedecerlos. Pueden reaccionar agresivamente  si no siguen sus órdenes.  

Si se los malcría en la  niñez, esta situación empeora en la  adolescencia.  En vez  de  pedir permiso para ir a un sitio, los jóvenes
solo avisan a su mamá. Por ejemplo,  les avisan  que viajarán a la playa con un grupo de amigos,  no les preguntan si pueden ir.

2 ‘¿Se dañó tu iPod?   Toma otro’

Desde que son muy chicos tienen habitación y baño privado. Estos privilegios  muy tempranos  no permiten que ellos aprendan qué significa esperar un turno para bañarse o negociar con su hermano (con quien comparte la habitación)  para apagar la luz antes de dormir. No viven esas pequeñas situaciones en las que se debe conciliar  y empiezan a creer que siempre tienen la última palabra,  porque  nunca nadie les debate sino que ellos toman la decisión.

Esto puede desencadenar problemas en la escuela,  donde  deben compartir con los compañeros y no siempre tendrán todo lo que quieran. Les puede crear confusión  que otro niño tenga más privilegios porque nunca han estado en una situación donde no sea el centro de atención.
 
Entre otros privilegios, los padres les compran objetos demasiado valiosos como celulares, equipos electrónicos como un iPad. Esto los mal acostumbra a tener demasiado a muy temprana edad. A medida que crecen van exigiendo mejores cosas y además esto los motiva a ser más materialistas.

3 ‘Quieres plata? Yo te doy’

Acostumbrar a los hijos a tener siempre un monto de dinero fijo es muy perjudicial. Al tener plata se los alienta al consumismo, a que compren cosas que a veces no necesitan. Los chicos corren el riesgo de volverse demasiado materialistas.
 
Cuando  son niños  les cuesta más  valorar el dinero y  si lo consiguen fácilmente, con solo pedirlo,  creerán que es su   derecho. Si en algún momento el padre no puede darles plata, reclamarán porque creen que es obligación de sus padres entregarles este valor.

En la adolescencia es aún más peligroso porque el acceso a comprar alcohol o drogas es más fácil si tienen el poder adquisitivo. Cuando uno de los amigos del grupo tiene liquidez, en la adolescencia es frecuente que los demás se aprovechen y le pidan que les compre cosas o los invite a comer.  El chico con el dinero no se siente utilizado  sino más bien poderoso,  porque cree que tiene el control de sus amigos.

Garantizarles un monto fijo de dinero es otra forma de entregarles demasiado poder. 

 

4  ‘Hoy no, que estoy cansado’

Los padres y madres trabajan demasiado hoy porque quieren reunir más dinero para poder dar a sus hijos lo mejor. Para ganar mejores sueldos deben trabajar más y por eso  salen de casa muy temprano y regresan muy tarde.

Suelen dejar a sus hijos con la nana o con algún familiar y no están pendientes de qué les sucede a ellos durante este tiempo. Por lo general, al llegar a casa están cansados y casi no comparten momentos con sus hijos. Y si comparten a veces esos momentos los dedican a discutir porque, por ejemplo, el hijo sacó una mala nota o la hija no terminó de hacer el deber, etc.
 
Algunos padres no aprovechan el  poco tiempo que les queda con ellos porque prefieren hacer ejercicio o  reunirse con sus amigos.  Los fines de semana sirven para  compartir más momentos pero a veces tampoco los aprovechan. Hay padres que quieren descansar de su ajetreada semana laboral y no ir al parque a correr con sus hijos. Sin darse cuenta, descuidan el crecimiento de sus vástagos  y desconocen con quién salen, qué hacen, si están en buen camino...

5 ‘Fresco, yo limpio tu cuarto’

Los quehaceres domésticos, como ordenar el cuarto, recoger su ropa sucia, guardar sus juguetes ya no son obligaciones que los padres exigen a los hijos, como ocurría antes. Muchos  padres  prefieren no exigir  a sus hijos que hagan tal o cual tarea porque no quieren que ellos se enojen. Para no generar conflictos  les exigen menos y los padres  terminan haciendo las tareas  que les corresponderían a los menores.

Para evitar estos desacuerdos,   los padres se vuelven mucho más pacientes y permisivos.

Esta falta de responsabilidades vuelve a los hijos más engreídos. Saben que tienen derechos pero se olvidan que  tienen deberes. Se pierde ese equilibrio entre dar y recibir.

Si en casa no se acostumbran a tener un mínimo de tareas, en la escuela suelen tener problemas en los trabajos grupales en los que todos deben participar equitativamente en labores que resultan fastidiosas.  
 
“Pobrecito, es muy niño para hacerse cargo de eso”,  es una frase frecuente de los padres para justificar esta actitud.

6 ‘¿Verdad que yo soy mejor?’

La inestabilidad en los matrimonios   desencadena una serie de problemas que pueden afectar  a los hijos si   no se aborda la situación con madurez.

Cuando se produce un divorcio o una separación, los padres se sienten culpables y tienden a buscar maneras de complacer a sus hijos. Los consienten en lo que ellos quieran, sin que haya conciliación.

Por ejemplo, si un papá ve a sus hijos solo los fines de semana, quiere que esos instantes su hijo sea feliz. Lo lleva  donde él diga, le compra  lo que pida, etc.

Además, tras las separaciones,  muchas veces se produce un deterioro en la imagen de sus padres porque tanto la mamá como el papá hablan mal de su ex pareja. El hijo recibe las críticas que su mamá hace de su papá, y viceversa.  Esto le  crea confusión porque  la imagen de referentes que tiene de sus padres se cae con los calificativos negativos sobre ellos.
 
El estrés y la tristeza que caracterizan a las separaciones a veces distraen a los padres, quienes no se preocupan por atender las emociones de sus hijos.

Compartir es urgente

Si el  padre  o  la madre  trabajan mucho, intente buscar mínimo un momento en el día para compartir con sus hijos. No importa que esto implique que deba levantarse más temprano o deba dejar de hacer alguna actividad que le gusta.
 
Los padres   tienen que quitarse la idea de la cabeza de querer parecerse a sus hijos y vivir una segunda juventud. Para una  niña suele ser vergonzoso que su mamá -esbelta, con lipoescultura- sea más atractiva que ella. Las madres no deben ser la competencia de las hijas.

Durante  la adolescencia es difícil que los padres sean amigos de los hijos.  Lo normal es que ellos odien a sus padres porque no les dejan hacer todo lo que quieren.  Si se convierten en amigos, los hijos pierden esa ancla que permite que no comentan tantos errores.  

Si tiene  más de un hijo, busque momentos  a solas con cada uno. No todas las actividades deben ser grupales. Los momentos exclusivos con ellos demuestran su interés por ellos y mejoran la relación, incluso en la etapa más complicada, la adolescencia.  

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