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Un mundo de grillos canta en cautiverio 1/22/2008 Cada cubeta de plástico es un mundo. Entre sus paredes grises hay multifamiliares de grillos (formados con cubetas de huevo), y un pequeño bebedero del que toman agua. Cricrí, cricrí, cricrí, cricrí, cantan a coro los habitantes de los tres anaqueles de metal. El sonido inunda la habitación de 80 m2, son miles de grillos que deben estar muy contentos con las ricas naranjas, coles, lechugas y el balanceado de tilapia que les dan cada semana. Lo que no se imaginan es que esta es la dieta ideal para que los sapos que los comerán estén bien alimentados, sanos y nutridos. Para criar ranas los primordial es tener el alimento, sin este, “aunque tengas la mejor infraestructura no podrás hacerlo”, explica el biólogo Diego Almeida. Por eso, cuando en la Escuela Biología de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) emprendieron el proyecto de cuidar ranas y sapos en laboratorio, su principal preocupación fue instalar un criadero de alimento vivo. Esa es la ley, porque el movimiento de la presa motiva a los sapos a comer. Ítalo Tapia y Diego desarrollaron la infraestructura del bioterio (criadero de insectos), haciendo varias pruebas hasta obtener las cajas y los bebederos ideales. En el extranjero hay empresas que se dedican exclusivamente a la cría industrial de grillos para zoológicos o para criaderos de anfibios, pero ellos ingeniaron la tecnología de su bioterio con materiales fáciles de conseguir. Entre grandes cajas de plástico, cinta adhesiva, tierra, mallas de metal, anaqueles, cubetas de huevos, frascos de vidrio y un calentador eléctrico, se crían drosófilas, tenebrios, calémbolas, galerias y grillus asimilis; es decir, moscas de fruta, escarabajos molineros, insectos de humedad, polilla de cera de abeja, gorgojos y el fuerte del bioterio: grillos nativos de los valles de Quito. Cricrí, cricrí, un grillo sobrepasa la cinta adhesiva. Una vez libre, salta por la baldosa blanca. Brinca y brinca para buscar un refugio, porque a los grillos no les gusta estar descubiertos. En el fondo oscuro cree que está libre, se encuentra con otros como él, más jóvenes o más grandes, todos fugitivos de las cubetas grises. Entonces llega Diego hasta la esquina del cuarto y sacude la ‘trampa inocua’: una cubeta de huevos, a la que llegan todos los que lograron escapar. Esa es la forma de controlar que la población no salga del bioterio. De allí se los traslada a una cubeta de grillos escapados. Si aún así desafían el cautiverio, les espera la trampa mortal. En la entrada, detrás de la puerta, hay una pequeña piscina con detergente, este corta la tensión superficial del agua y los grillos se ahogan. Por ahora la trampa mortal está desactivada y el único peligro que los acecha es un bufo. Este es una rana, la más común que se encuentra en las calles de la ciudad y que donaron a la Escuela después del Sapari. Estaba maltratado, no había datos y en lugar de eliminarlo lo colocaron en el criadero de grillos, donde recibe agua y el alimento le cae de las cubetas de plástico. Diego se esforzó por buscar el mejor alimento, por diseñar las cajas óptimas para cuidar los huevos y los envases adecuados para que los grillos recién nacidos salgan ilesos. Pero su trabajo por los grillos es el fruto de su pasión por las ranas. “Hay que tomar en cuenta que en cautiverio ellas no recibirán la misma cantidad de nutrientes, pues no comen una variedad de insectos que atraparían en sus hábitats”, dice Diego, cuya bata blanca lo mimetiza con las paredes del mismo color. La luz fluorescente de las lámparas de neón remarca las ojeras que se posan debajo de sus ojos hundidos. Su cuerpo delgado se ha encorvado ligeramente y con sus finos y largos dedos entrega a los anfibios el alimento que él selecciona cuidadosamente. Lo que ingieren los grillos lo asimilarán las ranas cuando los atrapen. El caroteno de la zanahoria evitará que las ranas del ranarium, muchas de ellas en peligro de extinción, pierdan su color, como es común cuando permanecen en cautiverio. Los altos nutrientes de la alfalfa preservarán la salud de los anfibios y el presupuesto del ranarium, que con un dólar de alfalfa equipara los nutrientes que brindan 10 dólares de espinaca. Así en el bioterio hay grillos de todas las generaciones, para cosechar, según las necesidades alimentarias de los anfibios. Son 500 ranas y sapos que integran el proyecto de conservación La balsa de los sapos. Antes de que sus alas salgan a la superficie, muchos grillos irán a dar al terrario de una rana. Las alas tienen quitina que no proveen de nutrientes y que además son duras, “por eso acá nos damos el lujo alimentar a las ranas con grillos sin alas”, cuenta Diego. A él no le gusta que muera ningún grillo, especialmente las hembras, porque su supervivencia es fruto de su esfuerzo. En cada etapa de la vida de los grillos hay detalles que cuidar, como el cambio de tierra cada dos días en las cubetas de reproductores, para aprovechar al máximo los huevos. Así , solo un 2% de los huevos se pierde. Diego arma el ranarium, cría y trabaja en la reproducción de las ranas. También monitorea constantemente y emite informes sobre el trabajo que se desarrolla en el laboratorio. Todas estas labores le impiden encargarse del bioterio. Bajo el entrenamiento de Diego, Freddy Almeida es el nuevo encargado de instalar los huevos, cortar cubetas, poner comida, cambiar el agua y estar pendiente del criadero. La reproducción de las ranas en peligro de extinción es la labor más complicada. Diego la califica como una escala de éxitos. El primer escalón es que los renacuajos sobrevivan. Luego, ver su metamorfosis es increíble y finalmente el objetivo es que ese juvenil se desarrolle y se convierta en un adulto. A medida que crecen todo el equipo se siente complacido, porque de ellos “depende la vida de todas las especies que viven en el ranarium y en el bioterio”. Un error involuntario puede causar su muerte. “Se siente parecido a criar un hijo porque son vidas que están bajo tu cuidado. Verlas morir se siente hecho pedazos”, concluye Diego. Cuidados para criar grillos Un calentador eléctrico genera los 30 grados de temperatura, con los que en dos meses y medio los grillos se convierten en adultos. A medida que el calor disminuye, la evolución de estos insectos tarda más. Al mes se invierten USD 350 en la alimentación de los grillos, que en una semana consumen 200 naranjas, dos arrobas de zanahoria, un costal de alfalfa, siete coles y 50 libras de balanceador de tilapia. Los huevos se conservan en cajas transparentes de plástico, con tierra húmeda. Una funda plástica los cubre para evitar que los grillos caigan si salen de los huevos y sobre todo para protegerlos de bacterias. Cuando acaban de salir del huevo los grillos son una masa negra. Cada uno mide apenas dos milímetros. El agua se debe cambiar según la necesidad de cada estadío de grillos. Lo importantes es que no les falte líquido y que este sea puro, libre de bacterias. En las cubetas de los grillos reproductores se colocan cajas transparentes con tierra. Estas están protegidas con mallas de plástico y de metal. La primera recoge los excrementos de los grillos y la segunda los protege las fuertes mandíbulas de los reproductores, que intenta morder sus propios huevos. Derechos reservados ® 2001-2010 GRUPO EL COMERCIO C.A. Prohibida la reproducción total o parcial de este contenido sin autorización de Diario El Comercio |