La paradoja de nuestra identidad
5/11/2007
Por Fernando Tinajero
En ‘Las costumbres de los ecuatorianos’, que es su último libro, Osvaldo Hurtado dice que el país no ha podido labrar una identidad nacional, de la que siempre ha carecido...”. Debo expresar mi desacuerdo con tal afirmación, en cuyo seno se envuelve una paradoja: 40 años de reflexión sobre este tema me han llevado a descubrir que tenemos una identidad que consiste justamente en negar que la tenemos. Es esa negación, tan constante como empecinada, la que nos distingue y nos hace inconfundibles; es esa negación la que expresa la forma que ha asumido nuestra socialidad; es ese el modo como enfrentamos comunitariamente la vida: negándonos los unos a los otros, aunque nos guardemos de disentir.
En nuestra lengua (porque también la tenemos y no se confunde con ninguna otra de las que son habladas en nuestra América), cuando alguien niega a otro decimos que ‘le ningunea’, es decir, le reduce a nada, a ser ninguno, a ser Nadie. Cuando negamos nuestra identidad ‘ninguneamos’ a todos los demás, lo cual nos deja inermes y solitarios, incapaces de emprender con los demás ningún proyecto. La nuestra, por lo tanto, es una sociedad de ‘Nadies’, dicho sea con perdón de la Academia, y lo es porque está fundada en esa mutua negación, que no es solamente negación de los vínculos que sin embargo nos unen, sino también de todo principio de solidaridad. Por esto, por negarnos los unos a los otros al negar nuestra evidente identidad, no somos un ‘nosotros’ sino una abigarrada mezcla de ‘yoes’ que pretenden afirmarse a sí mismos mediante la negación de los demás. Pero es eso mismo lo que nos define, así como nos definen aquellos caracteres que el libro de Osvaldo Hurtado documenta copiosamente, con el auxilio de los testimonios que nos dejaron viajeros y curiosos de nuestras costumbres.
Lo que acabo de decir puede sonar con acentos trágicos en algunos oídos: parecerá que si esa es nuestra identidad, seremos sin remedio lo que somos; parecerá por tanto que los sombríos caracteres que nos han acompañado a través de los siglos nos seguirán acompañando, y que para siempre seremos desafectos al trabajo, desconfiados, rutinarios, irresponsables, irrespetuosos de la verdad, pródigos en disculpas que nadie cree pero todos aceptamos, y ajenos al bienestar colectivo por preferir siempre la conveniencia individual.
Pero no es así. Las identidades sociales no son sellos indelebles que la naturaleza haya impreso en el alma popular, sino caracteres transitorios que expresan la forma que asume la vida social en determinadas condiciones históricas. El mismo Hurtado corrobora este hecho al registrar las transformaciones experimentadas en la sociedad ecuatoriana, lo cual quiere decir que las identidades, aunque conservan ciertos caracteres de larga duración, se modifican y configuran nuevas fisonomías sociales, políticas y culturales. Tales modificaciones se producen a veces sin contar con nuestro consentimiento; pero otras operan cuando las identidades son verdaderamente asumidas como tales -y es eso es lo que el libro de Hurtado nos propone.
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