Las sillas de ruedas les dieron alas

7/20/2008

Mariela Rosero Ch.   

El ritmo no está en los pies sino en la sangre. La música  suena  y  Carolina Lasso, de 33 años, menea  su cuerpo: cabeza, hombros, brazos....  con la descarga de dinamita  que sale de sus  caderas.

La salsa le hace sacudir  las caderas... tun, tun, tun, las mueve  con la gracia de una mujer de tierra caliente. Y quien se lanza al ruedo como pareja improvisada  se deja llevar cuando  ella ensaya un giro. Tantos hablan de tener dos pies izquierdos y ella   no mueve ni el derecho. Pero se luce.  Está sentada, no atada a una silla de ruedas desde hace 15 años por culpa de un accidente de tránsito.   

La música, el tenis y el basquetbol quizá la hacen ser libre, independiente, para cada mañana brincar  de su cama a la silla y de ahí a un jacuzzi, en su  nueva casa en Carapungo.

Al hacerlo se sujeta, como lo hace a  la vida, a dos agarraderas metálicas en el baño.

Sus hijos Andrés y Dana (5 y 7 años) están en la planta alta de la casa. Ella desde abajo se mueve al comedor y a la cocina. A las 07:00 sale a Repsol, en la av. 12 de Octubre y Francisco Salazar, donde atiende  a los  proveedores. Sale al   mundo en su Hyundai Matrix, no automático sino  adaptado: los controles de los pies están ubicados junto al volante.

Al manejar comparte  su sello:   una de esas sonrisas que encienden una habitación en tinieblas.   Alguien diferente, pero cortés y locuaz,   es Edmundo Merizalde, siempre  en guardia. “Prefiero que me digan patojo HP... que pobre patojito”, advierte.  Al oír el timbre, en Los Fresnos, en El Inca,  se percata de quién lo visita y con el control remoto abre la puerta.

En  1979, hace 29 años (tiene 52),  sufrió una lesión medular. Llevaba ocho años en los aires, volaba  un Strike master,   en la Base  de Manta. Se apagó la turbina, él y su amigo se expulsaron de la nave de combate y los paracaídas fallaron. Las FF.AA. costearon su rehabilitación en  Houston.  Se casó y se divorció hace 4  años. Su hijo tiene 17.  Es independiente,  autosuficiente. Y lo prueba al recorrer su hogar sin dificultades, gracias a las   adaptaciones.

Así, las puertas miden 1,20 metros de ancho, algo básico para cruzarlas. Además, la cama, el congelador...  están  a su alcance.
“No me puedo sentir un muñeco inútil”, indica y en un santiamén se prepara el desayuno: cereales con leche. Y saluda a Bobby, que aprovecha la visita y se cuela en la sala. “Este perro es un comando, lo trato a la patada; vive afuera y cuando viajo él dosifica la comida que le dejo”.

Los martes, jueves y sábados, una señora limpia su casa y plancha sus ternos. “Más por comodidad”, aclara Merizalde,  más activo que muchos “regulares”. Juega tenis,   basquetbol, nada...  

Su silla de ruedas casera, como unos zapatos viejos o unas pantuflas cómodas, le permite  moverse puertas adentro.  En el Nissan  del 2000, automático, guarda otra silla, más moderna.

“Subo solo, sin ayuda a la terraza y bajo al cuarto de lavado en mi montacargas. Es una  jaula, aplasto el botón de subir o bajar y sujeto de la polea. Funciona con un motor”, detalla y plum... desaparece. Afuera, de un salto se transfiere de su vieja silla  al asiento del auto.  Se embarca y se prepara para ir a Seguros Olympus,  en la 12 de Octubre y Lincoln. Renueva los seguros vía telefónica. Del espejo del auto pende un llavero de El Nacional, el club de sus amores.   

Tampoco niega que aunque vive bien solo, nunca hace mal contar con un par de piernas, una amiga o alguien que baje del auto para comprar algo por él.  “En un video vi a un chico,  de12 años,   hacer roles y más cosas increíbles en la silla de ruedas.  Se da una vuelta completa de 360°, supongo que la silla tiene buena  suspensión,  es  acrobacia, como la que practican con  patinetas”.

Julio Mantilla lo relata maravillado ante una hazaña, sin pensar que su día a día también lo es. Hace 28 años (tiene 50) cumplía una misión rutinaria en la Amazonia como piloto  y se accidentó  al aterrizar, se salió de la pista y el avión se estrelló.

Una lesión en la columna vertebral, en el área cervical, lo mantiene en silla de ruedas. Su única hija venía en camino y tal vez por eso y su fuerza de carácter lo tomó como un renacer, sin drama. Es ingeniero de sistemas y en su oficina, en Usaid, usa su computador sin más y cuando necesita tomar nota en papel coloca una liga entre sus dedos y un esfero, para  sostenerlo, tiene cuadraplejia.   

No cree en las súper adaptaciones sino en cambios sencillos como levantar el sanitario con unos ladrillos. Su esposa Georgina admira su coraje. Es  independiente, se queda solo en casa y mientras nada quede en las alturas, todo está bien.

Para las personas con discapacidad, el 7 de este mes, el  presidente Rafael  Correa  firmó  el  Decreto  1188 que declara en emergencia  al sistema  de prevención  y  rehabilitación.

Punto de Vista

Liliana Zanafria/ psicóloga (en silla de ruedas)

‘Mírate al espejo y ama lo que ves’

 En la vida, tras nacer con una discapacidad o adquirirla,  hay dos opciones. Una es quedarse llorando y rumiando el dolor. La otra es arriesgar a buscar salidas.

Obviamente,  hay un gran cambio al empezar a moverse en silla de ruedas o al ver las diferencias.

Por eso es normal vivir el duelo, es saludable, es como que algo de nosotros muere... El amor de la familia y los amigos es importante.  No hay medidas de equiparación (ni sillas de ruedas ni audífonos modernos) que valgan sin sentir amor por uno mismo.

Si la madre y el padre aman a su hijo y se lo demuestran, él sabrá que es valioso, tiene una discapacidad, pero es valioso.
La desprotección familiar genera hacinamiento emocional. Hay que sembrar la semilla del ‘tú puedes’, ‘inténtalo’, ‘lucha’...

Sin embargo, se deben poner límites. Muchos padres sobreprotegen a quien tiene una discapacidad. Entonces las capacidades naturales se van anulando, dependen de otros para vivir.

Nuevas destrezas aparecen en una persona con discapacidad. Comprar un vehículo automático para salir a la calle no es la solución. El dinero no sirve, tampoco las jaulas de oro. Lo importante es integrarse al medio.

Quien no se rodea de otros que lo entiendan y a quien entender desarrolla otra discapacidad, una emocional. Entonces podrá mirarse en otros y en su espejo.


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