¡Hay esperanza!
4/30/2009
Por Carlos Vera Rodríguez
Claro que sí. Y no se requirieron 10 años como en Venezuela para decirle no a Chávez en plebiscito. Aquí bastaron 6 meses: el 11% que apenas rechazó la tesis de Correa por el sí en noviembre pasado se cuadruplicó –creció cuatro veces más- en contra de sus propuestas y continuidad durante estas elecciones.
¡Casi 48% del Ecuador no está con Correa! Fíjense que ni siquiera digo en contra; simplemente no vota por él (y eso considerando solo votos válidos).
Extraordinario. Repunte inédito. Eso es lo verdaderamente histórico en estas elecciones y no el festejo histérico de unos cuantos acólitos celebrando el triunfo en primera vuelta de un candidato, como si el Ecuador fuese candidote al ignorar su abuso del poder; el uso del avión presidencial para visitar varias provincias en un día; la violación de cualquier restricción legal, sin pedir licencia para el cargo ni prescindir de su sueldo. Aunque no se lo exigiese la Constitución, se lo imponían la ética que tanto pregona y el decoro del cual –es obvio- carece.
Ganar así es una vergüenza. Que solo 1% más de la mitad de los ecuatorianos vote por Correa, y no lo hagan el 70% que aprueba su gestión ni el 63% que cree en su palabra, es alerta esperanzadora.
Cuando se considere el universo total de votantes, es decir, incluidos nulos y blancos, se comprobará que el de los saltitos en tarima para dar vueltitas cual modelo de pasarela no cuenta ni con el 50% de los ecuatorianos aunque le gane con el 20% a Lucio Gutiérrez.
Ya sé que lo idealmente comparable sería el Correa de la primera vuelta de 2006, segundo con más del 20%, vs. este, primero con alrededor del 45%. El doble, dirían áulicos, encuestadores a la carta y analistas gobiernistas.
¡Duplicó su voto duro! ¡Huy, que fenómeno! Engáñense no más, pero no nos engañan: el Correa de entonces compitió sin ser presidente en funciones; contra pesos pesados como Cinthia Viteri y León Roldós; sin usurpar la estructura estatal para hacer campaña; sin 28 meses de caridad a los pobres mediante proyectos sociales que dan peces sin enseñar a pescar; sin intimidar a la oposición; sin rehuir debates; sin correrle a entrevistadores críticos; sin instrumentar a la Policía; sin vaciar el prestigio de las FF.AA.; sin colaboradores corruptos; sin insultar mujeres; sin chantajear a fiscalizadores.
El Correa de ahora debía ganar con paliza, según sus propias palabras. No ocurrió. Pero no aprendió. Ya volvió a culpar a la prensa corrupta y mediocre de su descenso. Anunció que le impondrá veedurías. Si nadie cree a esa prensa, ¿cómo le puede afectar?
La esperanza está de fiesta porque la hidalguía de este país se puso de pie. Pero levantarse no basta. Hay que andar. Una fiera herida es letal. Y no perdona ni entiende otro lenguaje que un feroz valor para confrontarla. Entonces, la esperanza de un socialismo moderno en democracia sigue vigente. El país despertó y dice presente.
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